El retorno de Sauron

Para Carlos Alejandro y Maykel

Como al principio de la saga de El señor de los anillos, en la versión fílmica de Peter Jackson, uno podría descubrir la sintomatología del cambio a través de los olores en el aire, del nuevo sabor de las aguas, del frío, de la vasta sensación de tristeza que se adueña del cuerpo después que uno se entera de los últimos acontecimientos. Hoy Sauron ha regresado: la Isla parece volver a sus períodos más oscuros. Tal vez ya estaba aquí desde mucho antes, pero solo hasta este momento, en que llega a mí la noticia de la detención de dos amigos que cumplían su deber moral en Guantánamo, tengo la completa certidumbre de la nueva materialización del Señor Oscuro. Pronto la caballería y la infantería de Mordor caerá sobre nosotros.

Cuba será entonces un fragmento en el mapa de la Tierra Media. Toda la sordidez y el miedo y el oportunismo y la mediocridad se extenderá por el reino como nubes negras de tormenta. Qué hacer ante semejante renacimiento??? ES TERRIBLE, TODO ESTO ES TERRIBLE!!! Ahora mismo deberíamos reunirnos todos los que deseamos un futuro mejor y largarnos hacia nuestra propia Rivendell para organizar un plan contingente contra Sauron. Después de todo, en Isengard las fuerzas se organizan…

 

La encrucijada cubana

Cuál Dirección?? O Madrid o la Habana??

Cuál Dirección?? O Yara o la Madrid??

Si la revolución tuviese por objeto mudar de manos el poder habitual en Cuba, o cambiar las formas más que las esencias, caería naturalmente la obra revolucionaria en los que, por profesión o simpatía o liga de intereses, están, entre los habitantes de la Isla, abocados al ejercicio del poder.

José Martí, 19 de marzo de 1892

Cada día me convenzo más de lo necesario de un retorno a ciertos ideales mambises que tuvieron como centro una moralidad y una ética sin fronteras. Creo que solo esta actitud pudiera servir de derrotero en medio del actual proceso de reformas que atraviesa Cuba (esa “actualización” ramplona cuyo resultado final todavía es imposible prever), sobre todo porque la ética y la claridad serían los únicos garantes del sujeto más allá de los discursos y las campañas mediáticas de los partidos en pugna. Hablo de una ética de la sospecha, por más raro que parezca el término, una ética de la desconfianza, del andarse con sigilo, de sacrificarlo todo, únicamente, a la conciencia de la justicia.

Pero hoy en Cuba hacer justicia es muy difícil. Como dijo una vez un amigo: “en las vidas más adversas la incoherencia fundamental entre el desamparo mismo y las categorías creadas ⌈por el Estado⌉ para proteger a los desamparados, no alcanza ningún sentido“. Además, la dinámica entre los medios oficiales y los otros medios es una dinámica de mutua desacreditación, aunque solo los primeros lo hagan de manera consciente e intencional (1). Por lo tanto, aquel símbolo de la prensa como can guardador se ha transformado más bien en el retrato de una absurda pelea de perros, con sus casos aislados y paroxísticos (p.e.: el affaire Vanguardia y la Carta de algunos de sus trabajadores). En este contexto, encontrar el camino se vuelve una tarea de titanes, casi un martirologio, un cantero de angustias y sacrificios. Pero esa no es más que la tarea nuestra, la que nos es más propia porque es la de esta época.

En este sentido hoy nos toca empoderarnos. No hay sencillamente otra posibilidad para salvar el proyecto histórico de una nación más justa y humana. Y empoderarnos significa desconfiar -ser conscientes- del sustrato ideológico falaz (un pleonasmo!!) que las plataformas digitales más novedosas comparten con los aparatos mediáticos del poder. Empoderarnos es buscar una tercera opción que incluya o no la colaboración (la visibilidad) en estas plataformas. Es utilizarlas, aprovecharse de ellas, subvertirlas, SUBVERTIRLO TODO, ya que al fin o al cabo, como diría Martí en su discurso de Steck Hall: “decir es un modo de hacer”, de volver visible, de encarnar. Se trata de un poderoso trabajo de laborantismo, de formación de conciencia, de ir sembrando la semilla de la Revolución. Cuba tiene el derecho de ser cada día más libre, más justa, más soberana. Cuba tiene la necesidad de ser original, independiente, antimperialista. Cuba también tiene la necesidad de recuperar la memoria.

Triste país el nuestro que nunca ha conservado muy bien su memoria!!! No viví los sesenta ni los setenta, y sin embargo hoy algo así como una forma del inconsciente histórico se ha despertado en mí para hacerme sentir amenazado. En el Noticiero Estelar de la televisión se dio inicio a una campaña de reafirmación político-ideológica donde los jóvenes cubanos presenta su rechazo al programa de becas promovido por EE.UU. Yo supongo que sea muy legítimo que los jóvenes cubanos rechacen esta maniobra, similar en más de un sentido a esa otra maniobra que infestó el continente con cuadros neoliberales, pero ¿se requiere ese tono patético de gritería, de insulto operístico e hipócrita? De repente uno tiene una súbita regresión a esos instantes de marchas contra los gusanos y exigencias de paredón. Es la avalancha del pensamiento único, de la intolerancia, de lo más vil que ha tenido la Revolución Cubana de 1959.

Cuba necesita su memoria. Como dijo José Martí una vez en Patria: “En los pueblos, como en las familias, mucho se olvida, porque mucho se debe olvidar, cuando, por algún suceso de gravedad inesperada o prevista, llega para todos la hora suprema de la obligación común: aunque el olvido sería inmoral si por exceso, o por falta de proporción a la realidad, pusiese en peligro los ideales que a tanta costa y en confusión tanta se defienden

“El patriotismo purifica y sublima a los hombres, y por una ley de reacción natural, suele en las horas críticas lucir con fuego intenso en aquellos a quienes estimula el arrepentimiento de los años culpables de patriotismo cómodo; o en los que, enojados de su crédula e inútil fe, ponen en la doctrina nueva el justo deseo de castigar a quienes defraudaron; o en los que en el bautismo del patriotismo puro anhelan lavar sus culpas grandes. El pecado continuaría, en unos por soberbia, o por política literaria y señoril en otros, si los que saliesen vencidos, sin una sola conquista real, de una época estéril, en que el mero permiso de vivir no ha de confundirse con la vida, trajeran a la época nueva, preparada contra su voluntad y sin su ayuda, una arrogancia que se avendría mal con la demostración plena y anterior de la inutilidad de sus consejos” (La agitación autonomista, en Patria, 19 de marzo de 1892).

Cuba necesita entonces una ética de la memoria que se traduzca en una ética de la sospecha que redunde, finalmente, en una ética del compromiso con la justicia y el sacrificio absoluto. Esta es la tercera opción, la única válida, la única posible, mientras el poder siga fundando su hegemonía en el oportunismo y el miedo, y los medios alternativos o privados, como quieran llamarles, continúen capitalizando el talento y abogando por una solución que hoy también ignoramos.

(1)  Cuando hablo “LOS OTROS MEDIOS” me refiero básicamente a los tres medios más benignos que se mueven en la nueva esfera pública en que ha devenido internet: onCuba, elToque y Periodismo de Barrio(PB).

Los prejuicios permanecen

Vestidas de blanco, las iniciadas a los cultos sincréticos cubanos.

Como yo, estas muchachas se pasean por las calles de Cuba, un país que, a pesar del mito del sincretismo, es también multicultural.

Caminé hasta la fila de estudiantes y profesores con la cabeza en alto, orgulloso e insolente, convencido en ese instante de mi total derecho a caminar por las calles y por los pasillos de mi universidad, con total desenfado, dueño de mí, libre, limpio como un rayo de luz, como un pétalo de lirio. Sin embargo, sus miradas eran especialmente incisivas. Algunos me observaron con un descaro benigno. Supuse que como yo habían estado cerca del misterio, o que al menos conocían de oídas aquello que yo representaba. Pero para el resto yo era una mancha blanquísima contra el amanecer, una violación, un atavismo, algo de lo cual hay que mantenerse alejado.

Pedí el último. Una señora se volteó hacia mí, me miró de arriba abajo, y concluyó que era ella como si se declara culpable de un acto bochornoso, compartir el espacio conmigo, tal vez, o simplemente hablarme. Yo solo le agradecí. Ante el susto que provoca mi condición en algunos he decidido redoblar mi cortesía, ser ceremonioso como un monje, hablar bajo, mirar a la gente directamente a la cara. Pronto alguien se sumó a la espera. Me preguntó entonces si efectivamente era el último y le respondí de modo afirmativo a un señor que mantuvo la distancia que nos separaba, casi un metro, a pesar de que la fila se iba apretando. Sonreí malicioso.

Solo cuando la loca comenzó a gritarme hubo algo así como un movimiento general de simpatía hacia mi persona. Ella vociferaba improperios, me llamó falso profeta, dijo que allí yo solo daba un testimonio indigno de Dios y de los santos. La gente suele escoger entre los fanatismos aquel que les parezca más ajustado a las reglas de su sentido común. Por lo tanto, entre el fanatismo que significaba para ellos mi condición y el fanatismo insano de la demente, optaron por apoyarme, sabe Dios por que lógica tan rara o tan ambigua. A la loca la redujo un hijo suyo que salió de la fila como una emanación y la arrastró esquina abajo. Yo solo sonreí malicioso. Por ahora la sonrisa es mi única divisa.

Entré a la universidad con la cabeza en alto, tan orgulloso e insolente como lo he sido toda mi vida, y caminé hasta el corredor trasero de mi facultad, donde una voz, algo molesta, dijo “ahí va otro”. Durante el curso pasado tres personas como yo caminaron por estos mismo pasillos, estudiaron, trabajaron, se integraron a la rutina universitaria, fueron parte de la gran familia. Sin embargo, eran los otros, los diferentes, los vestidos de blanco, los atrasados, los creyentes en cuestiones atávicas, los enajenados, los santeros, los brujeros. Ser parte de ese mínimo no me avergüenza. Traté de encontrar a quien había dicho aquello, pero el tipo se me había escondido. Tal vez, supongo, él también era un otro a su manera, todos tenemos algo que nos vuelve diferentes.

Por los mismos pasillos alguien le preguntó a otra persona si ese mismo era yo. Lo dijo alto, clarísimo, como un trino. Yo debía escucharlo.

Después, otro día, en viaje hacia la universidad, en un autobús repleto de estudiantes universitarios (más cultos, dicen, más sensibles a las diferencias), nadie fue capaz de pedirme el bolso que llevaba atestado (de libros, como los bolsos de ellos mismos), aun cuando las dos personas que llevaba en frente le hicieron el favor a todos los que estaban en torno. Yo solo sonreí malicioso.

Puede que yo sea un paranoico.

En la biblioteca de la Universidad, donde hay muchos cristianos protestantes, contemplé la mirada de asco de una de las bibliotecarias que salió de la habitación después que yo había entrado. En realidad, no me importó mucho, ella no debía atenderme; incluso, si le hubiera tocado ya habría tenido que oírme. A fin de cuentas, no fue el mismo Che quien dijo que la Universidad debía teñirse de colores. ¿Y si se tiñe de colores, por qué no teñirse también de otras formas de sentir la vida, otras formas de decidir por lo que nos hace felices, de otras formas de cultura que no sean las del paquete?

Yo no soy paranoico, ni acomplejado. Tiendo a reírme con malicia de todas las miradas acusadoras, pero hay días que me siento como una de esas musulmanas que vagan por la Universidad cubiertas de ropones estampados, un espectro, una sombra que algunos prefieren no mirar.

 

 

 

La soledad del corredor de fondo

soledad

Esta semana mi amigo Alejandro Castro regresó de Argentina. Durante cuatro meses estudió en una universidad extranjera y vivió a orillas del Paraná. Es un río literario el Paraná. Para mí solo existe en Horacio Quiroga, o en las páginas de Don Segundo Sombra, o en aquella colonia anarquista que fundara Macedonio Fernández. Pero mi amigo pudo escapar a la mera experiencia literaria, y por eso lo envidiamos un poco, por la posibilidad de superar las palabras y llegar a la experiencia indecible… Y pudo añorar a Cuba, además, no sé si a lo Casal. Yo también quisiera añorar a este país de la manera que él lo hizo…

Fue un reencuentro feliz. Todos los amigos fuimos a recibirlo, salimos con él a tomarnos un café, en ausencia del mate, que jamás he probado. Él estaba tan contento por nosotros y nosotros por él, que fue inevitable poner en consideración cuánto habíamos evolucionado, progresado, en estos cuatro meses de ausencia.

Carlos y Maykel continúan construyendo una relación excepcional en su pequeño palacio de la Villa de París, en Sagua la Grande. Ellos crecen hacía dentro, se hacen más grande, y desde su unidad luchan sus propias contiendas en pos de una justicia a la zaga, y lo hacen bien, porque tienen tenacidad y talento. Ellos llegan a la poesía. Y aunque a veces Ate ponga sus pies sobre sus cabezas, y surjan los conatos de desavenencias, su amor es triunfante, porque es el mismo placer del amor el amar y el sufrir por causa de un mismo amor. Debe ser placentera esa sensación, esa certeza del otro.

Alejandro y Yanier se esperaron, fueron fieles a sí mismos. Cuando llegó, Alejandro poseyó a Yanier y se dejó poseer y confirmó que su unión con Yanier no era meramente física, sino que iba mucho más allá. De hecho, Alejandro pudo decirme que sentía como si los cuatro meses no hubieran sucedido. Yo creo que lo mejor es que ciertamente los cuatro meses sucedieron, y que ahora ambos son mucho más grandes, mucho más preparados para el reto de una relación. Yanier se acera para ser un tremendo arquitecto, mientras Alejandro se llena cada días más para honrar al filólogo que será. Ambos deben sentirse muy cerca, deben sentir esa placentera certeza de la cercanía del otro.

Daisnel y Frank, por su parte, se asientan. Ambos saben cómo ser y hacer una pareja, por lo que no les falta la destreza para asumir la relación, ni el lubricante necesario para mantenerla funcionando. Antes ellos se impone un reto (Frank se ha ganado una beca en Rusia, durante un año), pero es seguro que ambos sabrán mantenerse fieles, ya que incluso han triunfado en la prueba de la convivencia. Daisnel seguirá siendo el mismo fuego consumidor, la misma energía tremenda, tendrá el mismo arresto, la misma alegría, la misma grandeza humana, sin que nada le sea ajeno. Esa certeza del otro, que debe ser tan placentera, avivará lo que ya tiene de sobra.

Yo estoy más gordo. Algunos interpretan ese síntoma como cosa de salud, mientras el resto lo ve como lo contrario. Pero vivo orgulloso de mis amigos. Son las únicas personas con las que puedo hablar sin que me aburra. También sus parejas han entrado en ese lugar íntimo, aunque a Frank no lo conozca. Y precisamente porque puedo hablar con ellos sin aburrirme, puedo estar con ellos en silencio, sin que me pese mucho la roca del mutismo, que es tan incómoda en tantas ocasiones. Alejandro puede guardar todos mis secretos, escucharme sin juicios sesgados, estar para mí cada vez que lo necesite. Carlos me eleva con su sensibilidad, me hala las orejas cada vez que es apropiado, me aconseja con justicia. Con Daisnel puedo llorar, en nadie más confío.

Mis amigos me han enseñado cosas invaluables. Gracias a ellos y a la permanencia de sus parejas creo en el misterio. O por lo menos el misterio se me hace carne y realidad (el misterio de la certeza del otro), ya que de lo contrario me sería inaccesible ese conocimiento. Y agradezco ese saber pues de otra manera sería más sesgado de lo que soy, más vulnerable. Con ellos aprendí una verdad que era tan obvia, tan evidente, que se me ocultaba: el amor no duele, lo que duele es no ser amado, ni deseado, ni necesitado, ni querido. Ellos me dan fuerza para enunciar estas palabras. Ellos me sostienen. Por eso les agradezco.

La subversión es el nuevo Satanás

La semana pasada, precisamente el lunes, los militantes de la UJC de la carrera de Periodismo de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), tuvimos un encuentro misterioso con algunos representantes del PCC de la provincia. El misterio, por supuesto, lo agregaron ellos. Se debía discutir cierto documento ignoto que trataba sobre las responsabilidades de los “jóvenes comunistas” frente al panorama de inmoralidades y manejos ilegales que recorren la Cuba de hoy. ¿Qué debíamos hacer nosotros? ¿Cómo comportarnos ante los casos concretos de desvíos de recursos, robos, “malas palabras”, faltas al respeto, descortesías, indecencias… etc.? El debate, algo acalorado por la incomprensión mutua entre el Partido, representado ante nosotros por su sinécdoque, T., y la juventud (con minúsculas), bogó hacia un tema muy interesante para dejarlo de la mano, interesante y actual, además: la subversión.

Yo pensaba, hasta hace unos días, que la subversión intentaba subvertir, cosa que en nuestro corto ámbito de significación adquiere un menoscabado sentido unívoco: tumbar la Revolución y detener este proceso histórico. Pero a nuestro Partido, iluso de mí que llegué a suponerlo, no le falta profundidad filosófica y sociológica, y mucho menos sutileza lingüística. Por lo tanto, eso de «menoscabado sentido unívoco» queda para los años sesenta, que fue cuando se equivocaron, no ahora. La subversión, en realidad, va mucho más allá —me explicaron. Quieren tumbar la Revolución los contrarrevolucionarios, esa horda bien identificada. Los subversivos, no obstante, son otros, trabajan en la oscuridad como topos ciegos y se aprovechan de la ignorancia de los inocentes proletarios cubanos que roban en sus centros laborales (no todos lo hacen, por supuesto), para sobrevivir. La subversión es el gran problema. Los contrarrevolucionarios se desacreditan solos, o, al menos, eso creía yo.

La semana pasada se derrumbaron muchas de mis certezas. La primera se relaciona con mi competencia lingüística. Después de ser corregido por mi desacertada noción de lo subversivo, no pude más que preguntarles, bueno, ¿qué cosa es la subversión?, y T., la sinécdoque del Partido, afirmó categóricamente: “La subversión está aquí”. ¡Vade retro!, pensé. Yo y mis compañeros somos subversivos; ¿o solo unos pocos?, ¿o el resto menos yo?, ¿o yo solo?, ¿o yo y algún otro? ¡Por Dios!, pensé aterrorizado, ¿yo seré subversivo? ¿Qué es eso tan inefable que llamamos subversión?

Dice B., uno de los ideólogos de la UJC en la UCLV, que se trata de estructuras mentales (modelos situacionales, estructuras de razonamiento, supongo) que parten de una plataforma ideológica puramente burguesa. El aserto lo anoté mentalmente, así que me disculpo si no logro captar y comunicar la densidad teórico-conceptual-metodológico-práctica de la categoría. De la definición de B. saqué en claro una sola cosa (en realidad no una cosa, sino una conclusión), bastante obvia por otro lado, ya que está contenida en los clásicos del marxismo: el hombre piensa como vive. A mi generación, y a dos o tres antes de la mía, no le queda otra que ser subversivos (esto es: pensar desde ciertas plataformas de dudosa procedencia respecto al Partido único). El resto es falsa conciencia, o sea, ideología.

En el mundo deseado, cada uno de nosotros, los subversivos, debería levantarse de su puerco pantano de individualismo y diversionismo ideológico hacia la meta áurea del hombre nuevo, me dijeron. Ser el hombre nuevo a la manera guevariana debería convertirse en nuestro telos, en nuestra finalidad aristotélica.  Sin embargo, algo se me tuerce y enreda cada vez que esa actitud (que me huele algunas veces a idealismo) se mezcla en un proyecto materialista. Lo primero, ¿hacerlo en nombre de qué? ¿De la Revolución? ¿Qué cosa es la Revolución?

Para los nacidos conmigo (1991, con los pelos de punta) la Revolución es historia, en ambos sentidos. Decimos de una cosa que es historia cuando ya no es. Decimos de una cosa que es historia, también, cuando deja de ser actuante y forma parte de los libros, esto es de los textos, esto es del discurso, esto es del terreno de la cultura, donde abundan las incertidumbres. Con la caída del Campo Socialista, la Revolución Cubana cayó en la historia, lo que significa que se hizo discurso (y no porque antes no lo fuera, también, sino que ahora era solo eso), y los discursos tienen mil una caras. Cierta nueva historiografía contempla dentro de la Revolución Cubana, procesos tan bochornosos como la UMAP, la parametración, la zafra de los Diez Millones, el cordón de La Habana, nuestro apoyo a la URSS durante la ocupación de Praga, “nuestra” amistad con Haile Selasse, etc. Para el cubano más simple, logros de la Revolución como la educación y la salud gratuitas se contagian hoy con las nociones de precariedad y regalías. Creer en la Revolución es de las cosas más arduas que puedan exigirse.

Entonces, ¿ver la historia de la Revolución con sus luces y sombras responde a un modelo subversivo? ¿Son tan sinceros los valores de la Revolución? ¿Hay realmente solidaridad cuando la labor de nuestros médicos ingresa millones de dólares, permitiendo el aumento de los salarios del sector dentro del país? ¿Hay realmente una cobertura médica estable dentro de Cuba? ¿En detrimento de quién alquilamos médicos a Brasil? ¿Todo el dinero recaudado va directamente al pueblo, o a las FAR, ese sector tan lleno de gratuidades? ¿Por qué las FAR controlan tantos recursos en este país? ¿Eso significa que estamos militarizados?

Si enviar médicos a cualquier rincón subdesarrollado salva vidas, mientras nos facilita aquí dentro la subsistencia, y es una opción lúcida, entonces debemos aceptarla. No se trata de ganar dinero o salvar vidas, en realidad. Se trata de la hipocresía. ¿Por qué pretender ser solidarios cuando en realidad el principal objetivo es sobrevivir económicamente? ¿Querer sobrevivir no es un argumento lo suficientemente honrado? Cuando los norteamericanos declaran la lucha contra el terrorismo como excusa para intervenir ilegítimamente en cualquier país, hacen algo parecido al gobierno cubano cuando se declara solidario en la medida que brinda servicios de salud o educación. Solo se comercializan valores y principios diferentes. Ante fines tan opuestos (los de Cuba y Estados Unidos), escandaliza el uso de métodos tan similares. ¿Si las armas que confiscaron antes de llegar a Corea del Norte eran para reparar, por qué Cuba hubo de esconderlas?

El lunes pasado, antes de ser aleccionado sobre la subversión, me atreví a sugerir que nuestra contrarrevolución fuera desacreditada públicamente en televisión, con sus dirigentes en cámaras, tal como sucedió en Venezuela. Pero se me dijo que tales maniobras extremadamente democráticas no eran permitidas en Cuba. Nosotros no debemos ser democráticos, me dijeron, porque en un debate público el gobierno revolucionario lleva las de perder. A mí me horroriza que Yoannis Sánchez tenga razón. Pero me horroriza aun más que los miembros del Partido y la UJC de mi provincia así lo crean. ¿O es que acaso el gobierno revolucionario no tiene la razón? ¿O es que acaso debajo de la hipocresía, los viejos hábitos y la hiperbólica oratoria fidelista («el país más culto dentro de diez años»), la Revolución no tiene razón, y como diría Hegel, el estado se perderá en cuanto su racionalidad desaparezca?

Mildre Hernández y la poesía para niños

Mildre Hernández

Mildre Hernández

No sé si este juicio sea apropiado, pero conocer a Mildre Hernández, así, de sopetón, pedirle una entrevista y acceder a un mundo personal donde un talento nervioso se combina con una voz casi de niña, pero segura, constituye la perfecta invitación para leer la literatura de esta autora reconocida este año con el premio La Edad de Oro. Al menos yo lo sentí así. Mildre Hernández camina apresurada, me responde con una sencillez pasmosa, y yo me pregunto cuánto de esos valores que circulan en su literatura le pertenecen.

–Cuando investigaba para hacerte esta entrevista alguien me dijo que en estos momentos tú eras una de las voces más significativas de la literatura infanto-juvenil contemporánea. ¿Qué cree de esa opinión?

Creo que ese es un criterio demasiado serio como para mí. Hoy en Cuba hay muchas voces importantes, renovadoras. Yo solo soy una voz más. Ahora, pasa que tengo muchos seguidores, mucha gente que me quiere. Pero solo soy una voz más, repito, que trata de hacerlo lo mejor posible, que trata de hacer lo mejor que puede.

–Se hablaba de sus publicaciones fuera del país. Usted cree que exista alguna diferencia entre la literatura y la poesía para niños hecha dentro y fuera de Cuba.

He tenido la oportunidad y la suerte de viajar, y te digo, la poesía cubana para niños y adolescentes, según mi opinión, tiene mucha calidad, incluso una calidad superior a la de una infinidad de países. No digo que sea la mejor, pero está dentro de las mejores poéticas de la literatura infantil de toda Hispanoamérica.

–Noel Castillo ha señalado en la presentación de su libro La novia de Cuasimodo, Premio La Edad de Oro, cómo usted ha deconstruido la estructura del romance, ¿cuánto de gesto transgresivo hay en su producción?

Yo creo que ya todo está escrito, ya todo está dicho. Ahora, que uno lo haga de una forma un poco diferente, siempre es bueno. El género epistolar lo han utilizado muchos poetas, quizás cerca de aquí no tanto, ni muchos, o ninguno. Yo llevó más de diez años escribiendo poesía, utilizo siempre el género epistolar, y ya me conocen por ese estilo. Pero sí creo que es un modo que ya se ha hecho, por lo tanto no siento que estoy renovando nada, ni inventando, sencillamente estoy escribiendo a mi manera, la manera de Mildre.

–¿Qué fue lo que más le satisfizo de La novia de Cuasimodo?

Hacia mucho tiempo que quería obtener el premio La edad de Oro, aunque muchos  tuvieran los prejuicios habituales con respecto a los concursos, que pueden establecer jerarquías o no… Pero La Edad de Oro es especial entre otras cosas porque los libros son muy hermosos. La colección me gusta mucho, además, los textos salen rápido. Pero me satisface especialmente porque lo mandé al premio, lo gané, y porque el libro trata un tema que particularmente me conmueve: el desamor.

–¿Cuánto de autobiográfico hay en este libro?

Todo, y no solo en este. Estoy segura que todos mis libros tienen a Mildre Hernández.

 

Noticias de la Feria (II)

Esta es la segunda vez que entrevisto a Sergio, porque, según Carlos Alejandro Rodríguez Martínez, autor del blog La aldea maldita, yo soy “uno de los mayores especialistas en la poesía del poeta”. Honor que me hace Carlos. Hablando de poetas, al parecer, Carlos se debate entre dos vates mayores (??). Yo, mientras tanto, publico mi pequeña entrevista de 60 líneas y le pongo la foto más juvenil de Sergio, todavía en la Universidad, porque es la que más me agrada (lo que no quiere decir que su imagen actual me resulte desagradable).

Sergio García Zamora desde la Tierra de Nadie

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Sergio García Zamora

Para Leydi Torres Arias

Anoche le conté a una amiga que hoy entrevistaría a Sergio García Zamora, y ella, que también es amiga del poeta y le dio clases en algún momento (Marilé Ruíz Prado, ex profesora de Literatura Latinoamericana de la UCLV), me dijo esto: «Sergio es súper talentoso, súper sensible, pero si la asignatura no le interesaba, podías darlo por perdido. Así le pasó con algunas y a veces se las vio fea. En literatura no. ¡¡Era muy bueno!!». Sergio, sin duda, es un hombre sencillo. Comprende que la poesía le surge de las entrañas para expresar contenidos universales, ora sea en versos de aliento trascendental, ora en poemas que hablan de sus preocupaciones sociales. Pareciera extraño que un hombre así encuentre un regusto en la atención del espacio dedicado por nuestra Feria a los niños y jóvenes.

–¿Qué placer encuentras tú, siendo un poeta de temas graves, cuando diriges un espacio dedicado a la literatura juvenil, que usualmente se subvalora?

Los tontos, los incautos, siempre juzgan de poco serio o demeritan a lo joven. Cuando publiqué mi primer libro el mayor elogio que me hicieron era: “está muy bien lo que has escrito para ser tan joven”. Era una forma de decirme necesitas cien años para escribir mejor. Por lo tanto, no creo que la juventud sea síntoma de ineptitud, de inexperiencia; nada, es un síntoma de talento en ciernes, de la estrella en germen, como decía Dulce María Loynaz. Yo estoy muy feliz por este espacio, y espero que se siga repitiendo. Aquí encuentro la satisfacción de un verdadero disfrute de parte del público, que se marcha si no le gusta. Este no es ningún recital de poesía, ni ninguna conversación llena de solemnidad; aquí hay como un estado natural de las personas en que les es dada la posibilidad de elección. Eso lo pueden hacer en Tierra de Nadie.

–¿Qué te propusiste en tu último poemario, Pabellón de caza/Shooting lodge?

Soy un amante de la poesía inglesa, y los ingleses tienen entre sus tradiciones más aristocratizantes ir a la campiña, famosa por su belleza, a cazar, para luego exponer las piezas que obtuvieron en un pabellón de caza. La tradición es contemporánea también. Un caso notorio fue Hemingway. Ese era el pretexto. Entonces reuní todos los poemas que tenía dedicados a animales y me propuse crear un bestiario, género que viene del medioevo, y que encarnó en forma poética en el caso cubano de Dulce María Loynaz, que tiene su Bestiario, al igual que Nicolás Guillén, con su poemario El Gran Zoo, que fue retomado por Luis Rogelio Nogueras en su poema El gran zooneto. Además de que siempre me ha fascinado el animal: lo humano del animal, así como lo animal que hay en lo humano. Traté de volver aquí a mis raíces líricas. Es un camino que me parece ningún poeta debe perder.

–¿Entonces de ahí proviene la estrategia de un libro bilingüe?

Sí, y también para que aquellos lectores de habla inglesa vean pastar a estos animales en su lengua.

–¿Qué sintió Sergio cuando se escuchó vertido en otro idioma?

Sentí que estaba volviendo a escribir un poema distinto. Sentía que estaba naciendo el poema de nuevo. Es como pensar que existe una tierra igual a esta en otro extremo del universo, una tierra en la que a lo mejor yo soy el que te entrevista y tú eres el entrevistado.

–Se habla siempre de traduttore/traditore. ¿Sentiste la traición?

Bueno, la traducción la hizo mi hermano, Eliécer García Zamora, y él siempre ha estado cerca de la poesía en cuanto a sensibilidad, no como ejecutor, pero al menos sí en cuanto a su vida. Tiene una vida poética, y a mí me encanta eso. Su nombre en hebreo significa “Auxilio de Dios”, así que con la ayuda de Dios vertimos los poemas al inglés. En realidad no creo que ninguna traducción pueda echar a perder un poema, porque el poema siempre sobrevive. Y Borges afirmaba que ninguna traducción podría arruinar al Quijote.