Sergio García Zamora:”Yo quiero ser un poeta de vanguardia”

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«Ahora que hablarías de la plenitud

Como se habla de un campo de girasoles»

Sergio García Zamora

Podría enumerar sus premios pero sospecho que ello no expresaría cabalmente el alma del poeta. Sergio es un hombre sencillo, hecho de una serenidad transparente que a la vez oculta, por esas cosas de la vida, al sujeto que se duele de las llagas del día a día y lo deja ver en poemas tan dulces como desolados. Ha sido bendecido, eso sí, con dar cada vez que apunta, aunque los reconocimientos no han hecho mella en su carácter calmo y en pausa. Sergio habla bajo, su voz parece acariciar las palabras, esas que le dan el sustento diario, y a las que, por su oficio de poeta, ha decidido abrazar. No hay en él rastro de artificio ni banalidad: sigue siendo la misma persona de cálida sencillez que intenta darle cuerpo discursivo a lo bello. Una pulsión ética lo recorre. No es casual que abramos el diálogo hablando de Martí.

Se habla siempre de la alta eticidad fácil de rastrear en tu poesía. ¿Cuánto de martiano puede haber en ello?

Me parece que hay mucho de martiano y yo quiero que sea mucho. Martí es un imperativo: necesitas ser martiano, debes ser martiano, pero sobre todo debes amar ser martiano para que esa ética sea consecuente contigo, para tener un actuar y un pensar consecuente con tu vida y con tu escritura. Me ha gustado siempre diseccionar a Martí, pero no solo para exponerlo, sino para resucitarlo, que es lo que frecuentemente no sucede en las escuelas, que tratan de mostrar a un Martí por partes que ya está fosilizado y no tiene entraña.

Los poetas todos hemos leído a Martí de una forma u otra, y a mí me encantan incluso los textos en prosa, porque tienen una valía ficcional, testimonial, poética, documental, que ayudan al creador, porque siempre se encuentra en ellos la misma eticidad que atraviesa completamente la obra martiana. Martí tiene una crónica a la nieve en Nueva York donde cuenta la belleza de esa nieve cayendo, y al mismo tiempo presenta el horror que constituye para los obreros que no pueden llegar a sus fábricas. Uno nota cómo expresa siempre ese otro lado de la vida en ese país, el lado complejo, que constituye la gran ironía del capitalismo norteamericano desde su surgimiento. Lo mismo en esta crónica que en la de Jessy James o en la de Buffalo Bill, o en tantas otras.

Aludes en tu poesía constantemente a la Biblia, y tal parece que tiene un lugar importante dentro de tu experiencia poética…

Tengo una formación católica, aunque siempre he apostado por la preeminencia del amor que defiende la fe. Ya lo dice I Corintios 13 (y cita de memoria): «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena y címbalo que retiñe.» El amor es una forma de conectar a las personas. El amor es lo ecuménico. Decía un filósofo que el amor es una forma de religión, y eso se entronca precisamente con lo que veníamos hablando. Ahora, cuando leo la Biblia no lo hago como un religioso, sino como un poeta, porque sin lugar a dudas ella constituye un referente obligado dentro de la cultura occidental. Si una persona ve en un cuadro a un hombre sacrificando a una oveja, inmediatamente lo relaciona con el sacrificio de Isaac por Abraham. De este modo la Biblia provee una extensa gama de aspectos de los cuales el poeta se vale para establecer paralelos en la poesía que escribe. Y ello es tan válido como la mitología grecolatina.

Considero la ética cristiana uno de los pilares fundamentales en la formación de un hombre íntegro, aunque estoy totalmente en desacuerdo con varios de sus postulados. Por ejemplo, la Biblia tiene capítulos literales que condenan la homosexualidad, que establece la supremacía del hombre sobre la mujer, del primogénito sobre el resto de sus hermanos, y eso me parece abominable. Veo el texto bíblico como un texto de infinitas posibilidades por su sabiduría poética. Ya Marx y Engels hablaban de la supervivencia de lo poético en el mito, que puede morir, pero que sirve de marco al poema. Y es que tanto esa tradición bíblica como la grecolatina permiten establecer referentes, elaborar una forma de codificar la cultura, acortar los caminos de lo dicho de un modo rico y fácil. Así hablar del “Hades” remite derechamente al infierno en virtud de esas dos tradiciones.

Solo he podido leer dos de tus libros, y esta no es una confesión que se le hace a un entrevistado y poeta: El afilador de tijeras y El Valle de Acor. En el primero, del 2010, noto cierta puesta en paz con la tradición, una suerte de rito donde se aplacan ciertos manes para luego iniciar un movimiento independiente. ¿Fue ese tu propósito al escribir El afilador de tijeras?

Sí. Ese libro lo escribí cuando estaba en cuarto año de la carrera y daba la literatura hispánica a tercero, lo que me llevó a releer las obras estudiadas y a encantarme con lo más castizo de la herencia española. Por eso quise hacerles reverencia a esos poetas y a esos poemas, y me apegué a las formas clásicas como el soneto, la décima o el romance. Trate de emular a los poetas del Siglo de Oro, incluso a Quevedo más que a Góngora, por lo versátil de la obra del primero, que pudo escribir teatro, picaresca, poesía, desde un registro culto hasta uno popular. Quevedo es tan genial en un soneto como “Polvo serás, mas polvo enamorado” como en “Érase un hombre a una nariz pegado”. Igual que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que en su Libro de Buen Amor recoge todas las formas tradicionales de su momento, la cuaderna vía, las serranillas, el romance… Los poemas de El Afilador… son ejercicios de esa tradición, son reverencias a esa tradición.

Y tal vez lo renovador en ellos está en que son poemas que han surgido de la misma literatura, a partir de un saber únicamente literario. No son cromos españoles, entre otras cosas porque, cuando el Arcipreste habla del goliardo, lo hace desde una experiencia vital, desde un conocimiento empírico de estos. Yo solo puedo referirme a ellos desde mi experiencia con la literatura, lo que prueba que la propia literatura es creadora de más literatura. En El Afilador…, por ejemplo, puedes encontrar poemas claramente dedicados a San Juan de la Cruz, a Jorge Manrique, a Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, a lo mejor del idioma en Cuba como Eliseo Diego o Gastón Baquero. Incluso a Miguel de Unamuno. Sin dudas es un libro reverencia, es un libro homenaje.

Ahora quería indagar acerca de dos presencias que son notables en ese cuaderno, pero vienes hablando de poesía española y se me ocurre preguntarte sobre una tercera también capital en tu creación. Siempre tomas lo doméstico con un afán de trascendencia que recuerda los procedimientos de los poetas místicos españoles. ¿Cuánto de mística tiene tu poesía?

Concibo la mística desde el momento de la creación: veo al poeta como alguien que debe llegar a la unión mística con lo divino, y para ello tiene que atravesar los tres estados que pasaban los místicos. San Juan de la Cruz escribió tres poemas que representan esas etapas: Noche oscura del alma (vía purgativa), Cántico espiritual (vía iluminativa), y Llama de amor viva (vía unitiva). Se trata, en otros términos, de lo que algunos denominan oficio y otros, inspiración. A veces en ese tratar y tratar ocurre la epifanía. Yo he tenido noches en que he escrito dos o tres poemas, y he tenido miedo de acostarme, porque todo quedaría allí y al otro día yo sería memoria de mí mismo. La creación poética es exactamente igual: el oficio obliga a trabajar a diario, a sentarse y tratar de escribir, y a veces ocurre esa epifanía que es la unión con lo divino, y lo bello… Pero cuando uno está obligado a ganar premios para vivir un poco mejor, entonces uno se sienta a trabajar diariamente. Y en ocasiones lo logra.

Las otras dos presencias a que me refería son T. S. Eliot y Jorge Luís Borges…

Bueno, estamos hablando de escritores y esos son dioses… (sonríe). T. S. Eliot es genial: le da un vuelco a la poesía tremendo, sin dejar de ser lo que era, un poeta monárquico, del orden establecido, que no venía a subvertir. Pero su poesía subvierte, porque realiza también esa unión entre lo cotidiano y lo trascendente. Cuando Eliot compara a la secretaria que se levanta a la hora violeta, o sea, en la tarde, con Tiresias, que por accidentes de su vida había sido condenado a ser mujer durante un año, intenta elaborar una existencia poética que traspase lo meramente genérico de hombre o mujer, que esté más allá de lo común y terrenal. Y eso está en Eliot en el nivel de referencias, que integra lo cotidiano con lo universal. En ese sentido Eliot es un émulo de James Joyce, autor del Ulises, que en ese libro hace corresponder la peripecia de un hombre común por su ciudad con el viaje de Odiseo de vuelta a Ítaca. Tal vez por eso casi todos los poetas cubanos han leído a T. S. Eliot, precisamente porque tratan de trascender lo cotidiano y volverlo universal, de pasar a un nivel superior que se levante de la realidad, jugando con todos los referentes habidos, como él, desde Flebas el Fenicio, a las cartas del Tarot, al Hamlet de Shakespeare, para integrar en sus textos un conjunto amplísimo de otros textos.

Y Borges…

La capacidad del artificio en Borges es lo que me seduce, su capacidad de crear laberintos ficcionales, de elaborar un poema donde el laberinto intertextual esté distribuido de una manera tal que funcione sin que apenas se llegue a decodificar la intertextualidad, y eso no lo logra todo el mundo. En Borges es tan importante el destino de un cuchillero en un arrabal argentino, como el destino de Sigur en la Edda Menor. Aunque me gusta más el Borges cuentista que el autor de poesías, aun cuando tenga un texto excepcional que diga: «debo justificar lo que me hiere: soy el poeta.»… Sin dudas, tanto Eliot como Borges son dos referencias que siempre leo, aunque en estos momentos esté escribiendo poemas de un corte social o político…

A ese punto quería llegar. ¿Por qué tu poesía se enfrenta a la realidad y asume una función pragmática de crítica y catarsis, por ejemplo, en El Valle de Acor?

Se trata de lo que pedía Arthur Rimbaud: “cambiar la vida”. Puede ser un ideal romántico pensar que la poesía va a cambiar el mundo, pero como soy un hombre temeroso, que no quisiera tomar jamás las armas, prefiero hacerlo a creer con Marx y Engels que es la violencia lo que hará cambiar la vida. Por eso creo que los textos de El Valle… son los que me corresponden por misión histórica, por honradez intelectual, por deseos de reconocerme en ellos como un miembro más de este país y esta nación. No creo, tampoco, que le resten universalidad a mi poesía, aunque fueran textos que siempre deseché, pues pensaba que eran del tipo de poesía que cae en la nada, en el facilismo. Pero un día comencé y ya me salen fácilmente. Ahora, lo que más me satisface de ellos es que se escribieron a partir de epifanías. No son poemas que surgen de una rigurosidad en el trabajo, y eso me complace.

Creo que me quedan aún muchos caminos por andar, y tengo la convicción de que el creador debe ser lo más versátil posible. De eso hablábamos hace un rato: de la capacidad que algunos poetas para dominar de tal modo la palabra que ningún tipo de poesía le es negada: ni lo político, ni lo erótico, ni lo expresionista. Yo quiero ser un poeta de vanguardia sin olvidarme de la tradición. Desde los epigramas hasta las Soledades de Góngora, que nada te sea vedado.

Hay imágenes en tus poemas que logran aunar esos dos extremos de que veníamos hablando. Recuerdo Reciclaje&Sobrevida, que trata sobre la ropa de reciclaje, o dos versos del propio El Valle de Acor: «El Valle de Acor te sigue con sus trenes de la vieja Europa/ hasta sitios irreales como Ranchuelo o Manzanillo». ¿Qué persiguen?

Son poemas en los que me digo que voy a tensar el arco para ver hasta donde llega. Y como la escritura es un acto de narcisismo, de egolatría, me da satisfacción, incluso orgullo, tomar las materias que son antipoéticas y volverlas poéticas. Es lo que Baudelaire hizo con su amada al compararla con la carroña. Primero describe la inmundicia de esa materia, describe toda su putrefacción, y luego se vuelve a la amada y le dice: “y tú eres como ella, tú serás como ella”.  Aquí el espectro de lo bello adquiere una amplitud mayor. No es lo bello entendido como los neoclásicos, como Fragonard o la corte de Luís XV. Es lo que Vicente Huidobro hizo con su creacionismo. En su manifiesto Non serviam declara que no tiene intensiones de hacer mímesis, sino una nueva realidad. El riesgo de la poesía es la poesía misma, dice Huidobro, aquello que concebimos como bello es el riesgo de lo bello, porque no se puede echar miel sobre miel; porque no puedes creer que mar, primavera, arco iris, mujer hermosa, caballo, son la poesía, porque eso es la miel. Reincidir en ello no te está permitido. Tienes que ver que es lo otro que puedes volver poesía, porque al final todo lo es. Todo es poetizable: una tienda en moneda convertible es poetizable. Ahora, la dificultad está en hacerlo. Ese será tu gran reto.

¿Hasta que punto se concilia y hasta que punto se aparta en ti el ámbito de la creación y el académico, que por tu formación y tu labor te ha sido necesario frecuentar?

Hay un punto de ruptura que es evidente. La academia no está para canonizar una obra. Una obra está siempre en una discusión dialéctica con la academia. La ruptura es un axioma; el apartarse y el conciliarse son axiomas; constantemente se están conciliando y constantemente se están apartando. Una obra que fue revolucionaria, lo fue porque en su momento echó abajo ciertas leyes. Pero al mismo tiempo la obra se concibe como ley, y la academia la acepta hasta que viene otra. ¿Bajo que lema surge la academia española? “Limpia, fija y da esplendor”. Es el mismo slogan de un quitamanchas, de un detergente. Las academias, además, son un círculo de poder y los escritores son los insubordinados. ¿Cuánto escándalo provocó la exposición de los pintores fauvistas en Francia? ¿Quién le iba a decir a Nicanor Parra que su antipoesía iba a ser de academia, cuando él quería escribir y hacerlo en contra de toda la idea de la poesía, y abrir un abanico de posibilidades de lo que es lo poético?

Por eso mi poesía ha tratado de tener siempre una relación de amor-odio, de reconciliación-no reconciliación entre la academia y lo que puede tener de revolucionario el arte. No he querido quedarme nunca solo con la disección del cadáver, con el cuerpo expuesto, sino que he tratado de resucitarlo. No hago nada con saber de qué se compone toda la obra Thérèse Raquin, y explicarme cómo se ve el naturalismo en ella, si no logro hacer vivir esa obra de nuevo. Tengo que hacerla vivir. Eso es axiomático.

Por lo tanto, no hay ni una total reconciliación, ni un total apartarse. Ambos caminos llevan a callejones sin salida. Por eso fui partidario de estudiar letras, de tener un conocimiento de lo que es la filología, para luego comenzar a hacer una obra que echara abajo ciertas cosas, que instaurara otras. Era estudiar un fenómeno para luego poder trasformarlo. Creo que a la academia hay que reverenciarla, pero hay que combatirla también. Hay que combatir todo lo estático, lo inmóvil, los criterios desfasados, y la poesía es la mejor arma para ello.

 

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