Apuntes para una mística de José Martí

José Martí Pérez

José Martí Pérez

Enrique Loynaz del Castillo, padre de esa poeta mayúscula que fue Dulce María, cuenta en sus Memorias de la Guerra una anécdota de Martí en la emigración. Cuenta Loynaz, autor de El Himno Invasor, cómo una noche de densa nevada en Nueva Orleáns varios cubanos –Gonzalo de Quesada, Enrique Collazo, el propio Loynaz y otros– se reunieron en el Hotel Martín para celebrar reunión y cena con Martí, que llegó con bastante retraso. «Estábamos contrariados por aquella ausencia –señala–, que nos privaba del deleite de su conversación, y de la selección de los manjares, que él, como nadie, sabía decidir.» El general José María Rodríguez, Mayía, como cariñosamente le motejaban, preguntó al joven Loynaz si quería escuchar la definición de un suspiro. El joven, sin saber a qué se refería, afirmó, mientras cada uno esperaba la llegada del Maestro, quien finalmente entró «todo cubierto de nieve, y como fatigado.»

Al colgar el saco del perchero, y sacudirse la escarcha, y sentarse entre Rodríguez y Collazo, Martí dejó oír uno de sus habituales suspiros. Fue allí cuando el general Mayía vio la oportunidad de obtener de Martí la buscada definición, y le aguijó de esta forma:

–«Vea, Martí, no me gusta oírlo suspirar. El hombre que está al frente de un pueblo, debe ser de hierro. El dolor más grande que puede abrumar a un hombre lo he recibido sin una queja cuando me destrozaron la rodilla las balas españolas. ¡Ni me quejé, ni suspiré, ni nada! Hice frente al dolor. Lo que Cuba necesita en Usted es una energía de hierro, que no consienta ni debilitamientos ni suspiros.

»Inmediatamente respondió el Maestro: “Un suspiro no es una queja, ni es una debilidad. Ustedes saben de unos ríos subterráneos, de aguas salobres, que corren bajos los áridos llanos de Yucatán. A veces la tierra se abre y por entre la honda grieta se percibe un rumor… Y el río sigue, con sus aguas amargas, a perderse en el mar… Los llaman cenotes… Pues bien, cenotes; eso son mis suspiros.”»

Loynaz ha recordado la anécdota y ha puesto en papel estas palabras, tal vez con el mismo respeto cuidadoso de Mateo al transcribir las palabras de Jesús en El Sermón del Monte. Será porque todo lo que dijo Martí tiene la resonancia de evangelio, tal como ocurre la imantación completa al predicarle a los tabaqueros en Tampa el amor a la Patria y la lucha por su liberación, o cuando escribe, apenas 18 años, cosas como El presidio político en Cuba, cuya herencia sanguínea asciende del Verbo profético de Isaías y las profundas Lamentaciones de Jeremías.

Cintio Vitier ha reconocido el eco bíblico de este texto desgarrado que hizo estremecerse a más de un buen patriota y llorar a tantas señoras en la España de 1871. Martí era la encarnación de un Verbo, que es decir la acción imparable de un principio genésico que resuelve genialmente las antinomias de Goethe: vida y poesía. Por eso José Lezama Lima no duda en afirmar que Martí representa el primer estado poético de Cuba, el momento en que la propia biografía del héroe se vuelve simbólica como el arco de una metáfora, tendido entre acontecer y trascendencia.

En la tela tenebrista de José de Ribera, la monja de Ávila, recibiendo la paloma alegórica del Espíritu Santo

En la tela tenebrista de José de Ribera, la monja de Ávila, recibiendo la paloma alegórica del Espíritu Santo

José Martí y Santa Teresa 

Es harto sabida la consanguinidad entre sus escritos y los de Santa Teresa de Jesús, la santa de Ávila, que vivió a finales del “Siglo de Oro”, entre las centurias XVI y XVII. No es, a estas alturas, un descubrimiento digno de relieve, pero sí de mención cuando ante la potencia de su caudal de ideas, de su labor política, la obra del poeta y del hombre de sensibilidad queda a la sombra.

Entre Martí y Santa Teresa hay esa misma disposición al sacrificio. Recordamos, entonces, la pobreza de Martí, una de las causas de la fuga de su esposa, que le apartó al hijo. En 1891, ante las protestas del cónsul español que lo acusa de hacer propaganda a favor del separatismo y ostentar, al mismo tiempo, una representación diplomática, Martí hace renuncia inmediata a tres consulados y se consagra a la propaganda revolucionaria. Y se nota el mismo desdén por la vanidad y el lucro en su honestidad ilimitada, que lo cuida de sacar provecho personal de los recursos económicos puestos en sus manos por la emigración cubana.

Semejante se comporta la Santa, que ha de haber resaltado por sus modestos y raídos trajes entre una sociedad eclesiástica pomposa. Cada vez que fundaba un convento para sus carmelitas descalzas, intentaba rechazar las rentas que habrían hecho la vida más holgada a sus compañeras, para depender únicamente de las limosnas y el fruto del laboreo manual. Salvo en la dirección de sus empeños, Martí y Santa Teresa tienen mucho de común en sus biografías. Santa Teresa edifica constantemente el castillo interior del alma y se aparta de los acontecimientos de su hora y todo lo externo; Martí, a quien nada humano le fue ajeno, pone atención y cronica cada hecho del día, porque sabe que viene a formar parte en la constitución del hombre moderno. Y para fines tan encontrados, el estilo, esa trabazón significante de palabras, asume la misma forma.

En ambos el idioma es un instrumento demasiado dúctil. Quienes han visto el oro al 100 % de pureza saben que es un metal que se dobla con la facilidad de un pedazo de caucho, salvo que su valor es inestimable. Así es la lengua de Martí y Santa Teresa: en ambos se descubre esa voluntad de trascendencia del mero acto retórico, que subordina los arabescos de la forma a la expresión. El misticismo español, del cual Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Fray Luís de León son los máximos exponentes en la literatura, pone al servicio de una concepción religiosa toda una mística del amor humano para expresar el divino. Santa Teresa habla de fases del acercamiento a Dios como si hablase de un castillo con múltiples moradas en las cuales se guarda un secreto. Describe el tránsito de una morada a otra, describe el interior de cada una y describe los peligros que guarda, y uno sabe que cada metáfora y cada símil apuntan a un lugar más alto, donde vive la Idea. Se trata de apuntar con palabras una experiencia que escapa a la referencialidad de la lengua, solo cercana cuando se usa de un lenguaje figurado:

«… hay cosas tan delicadas que ver y que entender –dice la Santa–, que el entendimiento no es capaz para poder dar traza cómo se diga siquiera algo que venga tan al justo que no quede bien escuro (sic) para los que no tienen espiriencia (sic), que quien la tiene muy bien entenderá.»

San Juan de la Cruz es de la misma opinión: «ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir.» Y ese mismo deseo de comunicar, aunque sea aproximadamente, su experiencia con la divinidad, se reproduce en Martí, aunque en este se trata de comunicar un amor y un deseo por la Patria, que por lo inconmensurable y tremendo, se vuelve una experiencia personal única.

Cuentan que a pesar de lo enrevesada y hasta que oscura que era la prosa y la oratoria martiana, cada uno de sus discursos se convertía en un acontecimiento telúrico; que los obreros, los tabaqueros, incluso cuando no podían entender de modo cabal lo dicho por el Apóstol, salían enfebrecidos después de una de sus arengas. Será que ese estilo, heredado de la prosa tersa de una Santa, unía a todos en un orbe místico y los aprestaba al sacrificio y a la consagración por la lucha y liberación de Cuba. Martí, sin dudas, es el místico de la Revolución Cubana. Solo así Fidel podía hacerlo autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada.

Opiniones

Dos poetas hablan de la prosa de José Martí: Rubén Darío y Miguel de Unamuno, el primero cisne del modernismo, el segundo un vasco genial. Dice Darío que en Martí: «el asunto más árido parecía decorado con la pompa de un lírico estilo», que  a pesar de su sintaxis arcaica «ponía en la forma anticuada un brío y una fantasía llenos de ideas y conocimientos universales, y así resulta moderno y actual como pocos», que «hay que leerlo de cierta manera, a que obliga el imperio de la cadencia y la voluntad de la música», que «viviendo y muriendo hizo su vida un poema», y que «en él imperó lo natural y lo profundo psíquico, y no podrá encontrarse ni excusa para la artificialidad, para las habilidades pianísticas de los dilettanti, ni para la sinceridad de las confesiones del alma.»

Unamuno, conocedor del idioma español como pocos, refería: «estilista, ¿eh?, y no hablista, que es muy otra cosa»; y cuando tuvo que evaluar toda su producción, señalaba: «ni está siempre escrito en prosa sino en esa expresión informe, protoplasmática, que precedió a la prosa y al verso. Sus palabras parecen creaciones, actos. Están, desde luego, escritas en una lengua conversacional, pero de uno que habla mucho consigo mismo, son de estilo de monólogo ardoroso». Y más tarde, después de señalar que en la prosa de Martí se encontraban versos octosílabos y endecasílabos, lo compara con la poesía del escultor renacentista Miguel Ángel: «la de uno y la de otro fueron poesías de escultor: las de Martí, poesías de escultor de pueblo.» «Su estilo era un estilo profético, bíblico, hablaba mejor, mucho mejor como Isaías que como Cicerón.»

Estas opiniones, salidas de dos renovadores de la lengua, en América y en España, validan la importancia y el interés que cualquier cubano pueda sentir por la grandeza estética de José Martí.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s