De las artes singulares

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San Mateo y el Ángel, del Caravaggio

(Lo que sigue bien pudiera venir antecedido por un “basado en hechos reales”. La dedicatoria que lo abre nombra a los testigos que me hicieron llegar la historia. He decidido fabularla a mi antojo porque me permitiría darle vuelo a imágenes que me acosan. Solo lamento que haya poca diégesis bajo tanta petulancia. Sepan perdonarme.) 

Verdaderamente sería de desear que hubiese una ley que prohibiese amar a los jóvenes (…), porque, ¿quién sabe lo que llegará a ser un día de esta juventud, qué hábitos tomarán el cuerpo y el espíritu y de qué lado se volverán, si hacia el vicio o hacia la virtud?

Platón; El banquete

Para Daisnel y Joisel, que lo contemplaron

¿Cuánto tú vales…? y el silbido sibilante de la ese final de pregunta cae como fogonazo sobre el chamaco. No es de fusta el sonido, sino de golpe sordo sobre piel tensa, a pesar del chasquido. Pasa sobre su cabeza y enciende el farol. Los descubre a él y a la voz porque la esquina había permanecido a oscuras hasta ese instante. La luz más próxima titilaba irregularmente a causa de un falso contacto, no como las estrellas azules a lo lejos, nunca; los otros faroles apenas alumbraban. Lapidaron varios. Un tipo de vandalismo oportuno. La circunstancia bendijo a los desclasados con un punto ciego. Un punto ciego es siempre un refugio que no debemos ignorar: el reverso de la historia genésica, donde el Creador no anuncia la venida de la luz, sino de las sombras. ¡Hágase la noche! Estos lugares están condenados a la esterilidad. Razón para que el chamaco se dirigiera a orinar hacia allí. Nunca florece sobre orine, se dijo. Se acodó a una de las columnas de la tienda en construcción sería el segundo centro comercial más grande del país según el mito popular él nada sabía de cierto se zafó el cinto.

Bóxer rojos Calvin Klein: la noción del color de la prenda sería un mero pacto de lectura si no preexistiera en la conciencia del chamaco. Allí también aparece de modo arbitrario. Una convención erótica, meramente. Pero en la oscuridad el universo visible, extenso en el espacio, sufre una notable reducción al limitarse a lo que puede tocar la mano. Como los ciegos. La entrepierna es un sapientísimo texto en Braille. La mano, los dedos, exploran la superficie de la ropa interior. Siempre puede regodearse en la contemplación de aquella protuberancia que tensa el rojo. En la oscuridad, tocar=mirar. Sabe de la avidez con que él u otros han querido agarrar para ver, como en una sinestesia demasiado precaria. Muchos han tenido que conformarse con seguir con un dedo tembloroso la parábola del arco saliente de ese cuerpo contenido que emana de él. Ahora acaricia con satisfacción el paquete.

Es un juguete precioso, tan rico que mordiéndose el labio inferior agarra su sexo de quince años y lo saca afuera como un teratos hechizado por la pureza de una doncella, y el apéndice blanco se desenrolla dócilmente desnudándose casi completo para mostrarle una gruesa vena que le surca el dorso a modo de espinazo, y él lo toca, porque le gusta la impronta de ese vaso sanguíneo sobre el rabo latiendo tensotensotenso, que se pierde en su pubis también blanco, limpio, que no ve pero que es comprendido por la mano que lo dibuja como en un cuadro barroco, aunque él no lo sabe: como en un cuadro barroco toda la luz saliéndole del rabo, la luz interior de un maestro manierista sobre la gran hostia blanca de su pinga que es el Santísimo Sacramento, el cetro papal y el más bello aspersor, y la serpiente marina abre la boca y comienza a vomitar un líquido amarillento y oloroso, y marca su territorio con aquella esencia espumosa, mea, siente un placer inefable porque ha aguantado por horas el orín en espera de algo notorio… pero nada, orinar puede ser ultraterreno.

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El Amor, del Caravaggio

Y el recuerdo se adelanta al tacto me llamo Roberto, dice su interlocutor, y le aprieta la mano de un modo significativo. Ha desplazado su mano, la misma mano, por el fuste de la columna y ha percibido una superficie fría y plástica. Ha observado a la luz del móvil el cartel. Reproduce el incendiario San Mateo y el Ángel, no existente hoy, destruido en 1942, o perdido, en el Museo de Berlín. Su poderosa memoria de apenas quince años recuerda los detalles de esta plática insinuante sostenida unos tres días atrás, entre los cuadros de aquella exposición. Michelangelo Merisi, llamado Il Caravaggio, nacido en 1573, muerto en 1610. Aquel hombre se vuelve su guía voluntariamente. Le explica el sentido oculto de los lienzos que él ha venido a ver solo por curiosidad. Puro hedonismo visual.

Lo que más me gusta de Caravaggio es eso andrógino, o sea, eso ambiguo entre hombre y mujer que tienen algunos de sus personajes. De hecho, creo que solo algunas personas pueden disfrutar completamente de ese encanto, y disfrutarlo en el punto más profundo, que está en la contemplación estética de la carne. El tipo lo miraba intensamente. Tú habrías sido un buen modelo para Caravaggio.  Se ríe. No, no te rías que es verdad. Mira, tus cejas son como la de aquel Baco… Pero no me gustan nada esas flores y frutas en la cabeza, le riposta. Créeme, le dice, te verías hermoso con esa corona. Es perfecta para ti. Aunque tú no servirías para los cuadros más amanerados de él. Tú no eres el Muchacho con cesto de flores, y se lo indica con un dedo, tú eres más masculino; das para un buen San Juan con un cordero al pie y vestido de cuero…o desnudo. ¿Y tú siempre le hablas así a la gente?, le pregunta con una sonrisa socarrona. No, pero tengo mis creencias. ¿Y en qué crees? Inquiere el chamaco ante Los Músicos, mientras los personajes del cuadro, perdidos en el éxtasis alcohólico, los miran, como aguardando la respuesta que habrá de dar Roberto pues yo creo en algo muy cierto que dijo Plutarco, un historiador romano, y cita de memoria: «El amante de la belleza humana, lejos de suponer que varones y mujeres son tan diferentes en materia de amor como lo son en sus vestimentas, mantendrá una actitud imparcial e igualmente bien dispuesta ante uno y otro sexo.»  Ambos ríen. Ríen debido al mutuo entendimiento. En esta escena ambos comparten la sabiduría de hablar refiriéndose a otro cosa, a algo que puede suceder en las próximas horas, algo necesario dada la naturaleza del encuentro y la “imperfección” de los sujetos… En realidad Roberto se complica. El chamaco es más bien práctico, y no cree que haya que apelar a la sapiencia latina para justificar la sensibilidad de un hombre frente a la belleza de otro hombre. El chamaco no es neófito ante estos deslumbramientos. Digamos que ha sido estremecido varias veces. Aunque, para hacerle justicia, otras bellezas más judaicas le atraen sobre manera… Te invito a mi casa, le dice Roberto, si te gustan estas pinturas allá tengo reproducciones en catálogos de otras. Estoy seguro que te encantará el San Sebastián de Reni.

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La conversión de San Pablo, del Caravaggio

El chamaco termina de orinar. Ha sacudido el cuerpo gigante del basilisco y lo vuelve a enrollar dentro de los bóxer rojos Calvin Klein. Solo usaba ese tipo de ropa interior. Sobre todo rojos y negros. Los prefirió siempre por el contraste que producían sobre su piel blanquísima y depilada. Además acentuaban la prominencia de aquellos pectorales, el grosor de los bíceps – dieciséis pulgadas –, y el tamaño descomunal del paquete entre sus piernas. Con aquellos bóxer era deseable y deseado. Tenían que mirar sus pantalones abultados, su estampa de gladiador posmoderno. Tenían que desear aquel amasijo de carne preciosa, su pequeña perfección. Porque su perfección estaba en los bóxer aunque los mantuviera debajo de la ropa. La perfección era un problema de lo no evidente, como la perfección de una madonna es provocada por el arduo trabajo del artista, que extenuó horas detallando la estructura ósea, para luego revestirla de carnes, revestirla de telas… Tenían que encantarse como se encantaba él, contemplándose en aquel antiguo espejo de media luna.

De todos los objetos viejos y derruidos de su casa, solo aquel le producía un sumo placer. Era antiquísimo y enorme. Por lo menos hacía alrededor de ochenta años que estaba en su familia. Semidesnudo, en bóxer, el chamaco llegaba al espejo con la mano sobre el paquete y se observaba a sí mismo. E imaginaba que el espejo se alegraba orgulloso por haber acogido en su cuerpo la belleza. Y en aquella complacencia se dilataba durante horas, como si en realidad fuese un mensajero que le trae un paquete a un cliente. Ignoraba que su juego ante el espejo ya había sido soñado una vez por Konstantino Kavafis, quien iba a los burdeles alejandrinos en busca de efebos como él. En el sueño de Kavafis el muchacho se detenía ante el espejo como una fuente, en un regodeo narcisista que le permitía al espejo aprehenderlo. Esta vez la luz provenía del cuerpo encerrado en el cristal, emanante, y dejaba ver unos tímidos detalles del cuerpo real. La ficción, el espejismo, parecía más real que el verdadero. Como sucede con la apariencia del ser, cuyas reverberaciones anunciaban la majestuosa arquitectura de lo eterno. Lástima que el chamaco carezca de este cándido platonismo. El chamaco solo intuye por su cuerpo la fruición de los otros, y eso lo excita. Su placer es espurio: solo imaginar lo que los otros serían capaces de dar o sacrificar por consumir su cuerpo, logra encenderlo. Es el paroxismo de esta apetencia y no la cita apócrifa de Kavafis lo que recuerda el chamaco. Ni siquiera lo recuerda en este momento. Ahora solo se acomoda el rabo. Toda su energía mental ha sido puesta allí. Hay criaturas que exigen una devoción sin límites.

Michelangelo_Caravaggio_Niño con cesto de frutas.

Muchacho con cesto de frutas, del Caravaggio

Roberto ha puesto en tensión todas sus herramientas. Quizás en otros, tímidos y deslumbrables, funcione el juego de la erudición. Roberto puede seducir hablando de los gustos torcidos del Renacimiento. Roberto puede comenzar hablando de los cinco mil perros de los Visconti y penetrar los palacios de los condottieri, y penetrar las cámaras privadas, y conocer todas las perversiones. Es fácil dejarle a la mano un libro con catálogos de Raimondi para que al chamaco lo gane el asombro. Parece más legítima esta provocación. Usar el arte, decir que en estos grabados se inspiró el Aretino y compuso dieciséis sonetos lujuriosos fottianci anima mia fottianci presto perche tutti per fotter nati siamo develar que detrás de cada uno de los modelos de Caravaggio hay un posible amante, acortar la distancia, hablarle al oído de los secretos del taller de un hombre turbulento, e irle abriendo de piernas hasta que sea inevitable. Parece más legítimo usar el arte para hacerlo sucumbir antes que apelar a las revistas o a alguna película erótica, que no se alejaría del modus operandis, una película de férrea condición estética donde el sexo explícito sea un vehículo más, y hacerlo sucumbir ante el asombro. Pero al chamaco toda esta engañifa seductora le agrede como una digresión en un discurso claro y sencillo. Por qué habla de esas cosas si lo que quiere es sexo. Tampoco llega a asombrarlo. Hace falta más, mucho más, para quien el asombro ha perdido todo valor hasta volverse un lugar común. Cuánto estará dispuesto a sacrificar Roberto…

…la cultura no es una moneda de cambio.

El chamaco comprueba la hora en el reloj recién comprado. Las dos de la madrugada. Tiene hambre pero no deseos de ir hasta la hamburguesería, pues tendría que pasar por el malecón… Ríe. Le habría gustado saber quién le puso Malecón al zócalo de un Teatro en medio de la ciudad, a unos cincuenta kilómetros del mar. Y es que solo porque la ciudad sea villanesca, y el parque sea su único centro de gravitación, y el Teatro en el parque, en lugar de una iglesia que fue, como en todas las villas de América, congregue a todos los desclasados en virtud de la edad, y hormigueen allí como las alimañas entre los diente perros de un malecón, y se sienten en el zócalo con los pies pendientes como lo harían en el muro de un malecón verdadero, no ha de llamarse malecón a lo que no separa la línea de la costa del mar, si no hay mar, ni costa, ni oleaje, ni reflujo, ni sal. El malecón ha asumido la cualidad teatral del edificio que levanta: en efecto un Teatro mandado a construir por la benefactora de la ciudad. Así que allí sucede una representación donde todos creen convencionalmente haber ido a la orilla del mar. Semejante artificio permite creerse cualquier cosa. Así que las mentiras se suceden con una avidez justificadora. El riesgo es asumirse como otro. Por eso ríe. Porque todos los otros, los que se ocultan bajo ropas negras tratando de camuflajearse con la noche, los borrachos con guitarra, los borrachos sin amor, los que hacen coro, que es una forma de identidad, todos, tienen su forma de engañar al prójimo, que es engañarse a sí mismos por los siglos de los siglos amén. Vuelve a reír por la falacia de aquel falso Malecón; por todos esos hombres que se hacen mujer gracias a la mágica virtud de la base y el rouge, de la emasculación y las vestiduras femeninas –como sacerdotes de Cibeles, aunque él no lo sabe –; mentira dentro de mentira, como muñecas rusas.

Uno de los santos varones pasó y lo saludó.

− ¡Qué bolá, mangón! ¿Cómo te va la noche? –dijo santificándolo desde sus altos tacones y su rostro salido de un cuadro de Caravaggio.

− De lo mejor. –le respondió, dándole un beso en la mejilla − ¿Cómo te va, Zuleica?

− ¡Ahí! Arañando las calles. − Y se marchó rápida, preparado para luchar otra noche, en otra esquina.

Él volvió a la oscuridad. Agazapado, decidió que no iría a dormir a su casa. Dio fuego a un cigarro. En aquella atmósfera aquel cilindro de picadura de tabaco no sería jamás como el cigarrillo de Bloom, que imantaba en su órbita la sombra épica de la lanza de Aquiles. No es ni más vulgar ni más grandilocuente. No había tales pretensiones en su fumar. El chamaco descree de tales sugerencias. Ningún acto va más allá de sus propios límites.

De lejos solo se veía aquel punto rojo oscilando en el aire, como un grueso faro dispuesto a guiar a cualquier barco maldecido. El sahumerio del cigarrillo se mezclaba con un solo de saxo que descendía de los faroles. Desde hacía varios meses reproducían la música de la radio, y cada noche las descargas de jazz penetraban todas las capas del aire, adormilando a los pájaros arriba y abajo, a los hombres y mujeres que se adueñaban de la madrugada, o se volvían sus esclavos. El chamaco no resistió el influjo de aquel rumor quejumbroso ajuntado al humo oliente a nicotina.

− ¿Cuánto tú vales? –y la ese final silbó sibilante, como silbido serpentino, como un cuchillazo en medio de la cara, cortando su ensimismamiento. El otro repitió la pregunta y esta vez la ese silbó más intensamente, como iracunda, hasta que encendió la bombilla. Entonces descubrió su rostro.

− ¿Cuánto tú vales? –le preguntó Roberto.

− ¿Cuánto tú traes? –le respondió él.

 Omar Martín Arboláez

Enero, 4, 2012

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Baco, del Caravaggio

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