La homosexualidad no existe (con una nota sobre el afán de etiquetar)

Los guerreros del semen, entre los sambia de la Melanesia

Los guerreros del semen, entre los sambia de la Melanesia

Los sambia, melanesios de Papúa Nueva Guinea, creen que la masculinidad debe ser proveída a los jóvenes por sus mayores. La idea no encaja en nuestros patrones occidentales. Por mucho tiempo se ha supuesto que a casa sexo biológico, masculino o femenino, corresponde el desarrollo de un individuo idéntico a su configuración cromosómica (XX o XY); que entre sexo biológico, género e identidad de género, hay un vínculo unívoco. Las posibilidades “desviadas” han correspondido a significaciones marginales. No es normal, se ha creído, que un hombre “no llegue a serlo”, ya que la posesión de genitales masculinos es el garante de una masculinidad incuestionable. Es normal, entonces, que un hombre “se desarrolle hombre”, como una mujer “mujer” –sabemos qué indican estos énfasis–, a menos que influyan factores perniciosos que lo desvíen de la recta vía, se cree.

Gregorio Marañón

Gregorio Marañón

Desde la segunda mitad del XIX y principios del siglo pasado médicos ilustres, como el doctor español Gregorio Marañón, comenzaron a estudiar seriamente la homosexualidad como una desviación patológica del desarrollo normal del individuo. Marañón valoró la homosexualidad como una suerte de intersexualidad del instinto, que podía ser subsanada reforzando la patente naturaleza genérica de cada cual. Un niño, o una niña, que padeciera de alguna de estas manifestaciones desviadas, debía refugiarse en las marcas de género provistas por su sexo: cosas de hombre debían hacer los niños; de mujeres, las niñas.

En Cuba, el doctor Benjamín de Céspedes propuso la práctica de baseball como un modo de virilificar a los varones de la isla, acosados por la confederación amanerada de inmigrantes españoles o chinos, que suponían un peligro para la integridad nacional. Al parecer al doctor De Céspedes le impresionó sobremanera el escándalo de 1889 en el Centro de Dependientes de La Habana. Tanto a él como a Enrique José Varona –que prologó el libro del doctor, La prostitución en la ciudad de La Habana– debió parecerles acertada la solución positivista.

Sin embargo, ajenos a estas cuestiones y debates, los sambia de la Melanesia no creen en la homosexualidad. Ni siquiera creen que lo masculino pueda desarrollarse orgánicamente en los hombres, a partir de su propia naturaleza biológica. Occidente valora lo homosexual como resultado de terribles influencias patológicas o demoníacas. En este esquema la intervención ocurre para reintegrar al individuo a la naturaleza, se cree (la homosexualidad es contranatura). Los sambia injertan en sus jóvenes lo masculino, y aunque en su lógica no hay una separación entre naturaleza y sociedad, nosotros veríamos su propósito como inverso al nuestro…

Pero, ¿cómo los sambia masculinizan a los jóvenes? Pues se deciden a inseminarlos, tanto por vía anal como oral, aunque la segunda es más común que la primera. Los hombres adultos mantienen relaciones sexuales con los muchachos jóvenes en desarrollo, que deben beber el semen de los mayores, o absorverlo por vía anal. De cualquier manera la introducción de semen adulto en el cuerpo del joven asegura la continuidad de la virilidad en la tribu, la fuerza y la masculinidad de los ejemplares bisoños. Una vez que estos lleguen a adultos les corresponderá ejercer de inseminadores de los nuevos jóvenes, creando un continuo que asegura la conservación del ethos social. Suponen que de no operarse este rito, se perdería la masculinidad y fertilidad de los hombres del grupo. (Nuestra antigüedad clásica nos deja el ejemplo de Esparta, con costumbres similares.)

Los sambia no creen en la homosexualidad porque evidentemente no conocen la heterosexualidad. Ante la evidencia de una oposición tan flagrante entre una sociedad y otra, uno llega a cuestionarse la realidad de nociones tan precarias para catalogar a los individuos. (Aquí está incluida la nota sobre las etiquetas.) Alguien, una vez, dijo que las etiquetas eran para las latas y no para las personas. Sin embargo, signos y símbolos, etiquetas, poseen una funcionalidad incuestionable. Constituyen operacionalizaciones necesariamente válidas y motoras que establecen grados, categorías, relaciones, identidades, vínculos y diferencias. A través de ellas, por supuesto, corren las relaciones de poder. Cada palabra guarda en su semántica la historia del recorrido a que ha sido sometida por instituciones, sociedad civil, usos y reticencias. (Sono finito.)

Deseo es, quizás, una palabra de profunda ascendencia en el mundo occidental y en el árabe. La palabra, sometida a juicios disímiles, nombra un grupo de estímulos y reacciones ante estímulos sentidos por un sujeto en relación a un objeto u otro sujeto. Comida, habitación, cuerpo, pueden ser objetos del deseo, pero no lo llegan a ser hasta que la palabra, el signo, aísla el acontecimiento y le da una realidad independiente y propensa a ser concebida como cosa en sí misma, idéntica a sí, concientizada y real. Porque al parecer una realidad no llega a ser hasta que es hecha palabra. Este acto a la vez la conjura, la disuelve. Así, cada uno de los sectores pertinentes hechos signos no devienen lo que en realidad son, sino figuraciones, imágenes, vaguedades…

Habría que averiguar si acaso los sambia tienen una noción propia del deseo y su satisfacción, que es el placer. Aunque sabemos que es nuestra herencia griega la que nos lleva a definir, que es sostener la realidad de algo, su esencia, únicamente en palabras. Esta propensión metalingüística hace que los objetos aparezcan particularmente circunscritos dentro de un esquema cultural demasiado complejo como el nuestro, hecho de una superposición demasiado confusa de códigos. Responder cómo los sambia ¿definen? el placer coincidiría con los modos en que lo experimentan. ¿Hay en el rito de los sambia placer, deseo, erotismo?

Upsss!!!!

Upsss!!!!

Es imposible someter su realidad a nuestro discurso, porque resulta indoblegable y arisca. Prefiero el contraste, que revela el engaño de creerse heterosexual, bisexual, como algo que preexiste a la experiencia de la cultura vivida y objetivante. Y prefiero el contraste ante la proliferación de identidades completamente construida, en tanto fidelidades, a partir de esa ideología, al parecer ya periclitada en la agenda de la discusión intelectual, de la postmodernidad. ¿Existe una identidad homosexual o bisexual, producto inevitable de una condición fatal que lo haga a uno homosexual o bisexual?

Otro día seguiré reflexionando sobre este asunto.

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