Tema de Historia

Fidel y el Moncada

Fidel y el Moncada

Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

Se dispersan el día y la batalla

Deforme, y la victoria es de los otros.

Jorge Luis Borges; Poema Conjetural

I

En las primeras páginas de su “Discurso sobre la historia universal”, Abd Al-Rhaman ibn Jaldun comenta: «Desde la fundación del Islamismo, los historiadores más distinguidos han abarcado en sus disquisiciones todos los acontecimientos de los siglos pasados, con el fin de poderlos reunir en las páginas de los volúmenes y registrarlos para las generaciones sucesivas. Pero los improvisados y charlatanes (de la literatura) los han adulterado, introduciéndoles falsedades, producto de sus propias fantasías, fábulas ornamentadas confeccionadas al abrigo de deleznables tradiciones.» Ibn Jaldun sigue aquí ciertas ideas esgrimidas por el Platón de La República, culpando a los poetas y creadores (el poietes griego incluye a ambos), de pervertir el cuerpo de la verdad. De este modo, tanto el árabe como el ateniense, denostan ciertos ejercicios acrobáticos debidos a escribidores inescrupulosos que no respetan la ilación de las causas y los efectos, y reúnen hechos realmente acaecidos, con otros probables e incluso improbables.[1]

Semejante perversión ha venido a distorsionar la imagen de uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia reciente de nuestro país: el ataque al Cuartel Moncada y al Carlos Manuel de Céspedes. Debo a la conjunción de un encargo laboral y un tomo de Marta Rojas el descubrimiento de semejante intriga. El encargo laboral vino a interrumpir una jornada de solaz y desocupación, en el salón climatizado de la redacción de Vanguardia, nuestro periódico local. Sonó el teléfono, y como el resto de los periodistas se encontraban ocupados en sus propios asuntos, dejé a un lado la lectura de Seva, un tomo muy interesante debido a un periodista boricua, y levanté el auricular. Me habló la directora. Quería verme. Me pedía que pasara por su oficina. Le respondí que iba para allá, y colgando el auricular, salí al pasillo que lleva a la oficina de la Dirección. Lo que aconteció a partir de ese momento, pertenece a ese grupo de sucesos cuya concatenación puede sugerir lo maravilloso. Recuerdo cómo una de mis profesoras en la escuela de Periodismo, Alicia Elizundia, solía (suele) atribuirle a estos encuentros casuales una virtud casi mágica y especial para su vida. Recuerdo que Alicia propició también mi primer encuentro personal –en tanto pude ver a la mujer en persona– con Marta Rojas, la periodista del Moncada. La directora me encargó una suerte de reportaje histórico sobre los villaclareños participantes en el asalto, habida cuenta de que Abel Santamaría, original de Encrucijada, un poblado de la provincia, era el segundo dirigente del ataque. El tomo de Marta Rojas consultado no era otro que El juicio del Moncada.

El libro pertenecía a la voluminosa edición de la obra que se hiciera en 2008 para celebrar el 50 aniversario del triunfo de la Revolución. Contenía el texto propiamente dicho, los prólogos hechos por Alejo Carpentier y Haidée Santamaría, así como el documento La Historia me Absolverá, del líder “indiscutible” de la acción, Fidel Castro. Se le había agregado, además, multitud de anexos, como una lista de los 62 mártires del asalto. En primer lugar estaba Abel, como correspondía a su jerarquía en la dirección del movimiento de los jóvenes de la Generación del Centenario, y en el lugar 50, entre Pablo Agüero Guedes y Rigoberto Corcho López, sobrevivía casi olvidado un tal Julio Zamora Néstor. La identidad de este sujeto, que investigue fatigando innumerables anales de efemérides patrias, inacabables monografías del asalto, colecciones y antologías de documentos, permaneció inescrutable. Aún era temprano, así que entregué el libro a la bibliotecaria que me lo había facilitado, y me dirigí lo más rápido posible al Museo Provincial donde, tal vez, pensaba, alguna luz vendría a proyectarse sobre los datos que poseía: un nombre y un gentilicio. ¡Julio Zamora Néstor era villareño!

El lector debe ser comprensivo. Quizás no todos entiendan las causas de mi excitación: acababa de encontrar un dato nimio, pero poco divulgado, de una historia contada mil veces. Semejante novedad hace las delicias de todo periodista de provincias. También le da cierta emoción al ejercicio un tanto gris de llenar las páginas de los días de efemérides. Cuántas veces ha tenido un periodista que volver a contar el descarrilamiento del Tren Blindado, o la Alfabetización, o la Toma de la Habana por los ingleses. Ser conscientes de una audiencia exigente y dispuesta a no leerte si le resultas aburrido, lleva a preocuparte por lo que escribes, y cómo lo haces. Así que nada resultaba tan perfecto como un dato novedoso entre tanta repetición. Podía firmar un artículo con un titular mayúsculo en indefectible tinta roja: “EL HÉROE OLVIDADO DEL MONCADA”… si se me permitía.

Pero Julio Zamora Néstor resultó ser más elusivo. Me entrevisté con la directora del Museo y esta me aseguró que la historia local de nuestra provincia no registraba memoria de un individuo de tal nombre, y menos asaltante al Moncada. De hecho, ninguno de los mártires del Moncada se llamaba así. De existir, el Museo le rendiría tributo, ya que la institución era un garante de la memoria histórica. Durante el tiempo que el Museo había estado bajo su cuidado, dijo, se habían emprendido aumentos del patrimonio. Su labor como historiadora no dejaba lugar a duda. Y la Revolución no olvidaría nunca a ninguno de sus mártires. Finalmente me acusó de enajenado, de loco, de lunático, de extraviado. Abrió mucho los ojos y me gritó que tales datos no existían, que los había soñado, que quién era ese Julio Zamora Néstor, el número 50 entre los caídos en el asalto. Que de dónde había sacado tamaño desaguisado. Yo cité una página y un título. Ella salió de la oficina, como una fiera a la que le discuten un pedazo de su territorio, como si la Historia solo fuera “tocable” por sus manos, y volvió con un libro amarillo, El Juicio del Moncada.

–¿Qué página me dijo, joven?– una leve contracción en el lado izquierdo de la boca denunciaba una oscura complacencia.– ¿Qué página, joven, qué página?

–La 324, aunque el número 50, Julio Zamora Néstor, está asentado en la siguiente.

Y como quien le corta la cabeza a un infiel, la señora puso el texto frente a mí, y el héroe olvidado ya no estaba.

II

Algún recuerdo ya desfallecido de Ramón Gutiérrez sobrevive en Encrucijada. Su vida transcurrió en los márgenes, obligado al silencio por la mayoría, o a la conversación infructuosa de los pocos que lo escucharon como a un mero fabulador. Ramón vivió siempre entre los inexistentes, así que compartía sus secretos como un iniciado más. Hoy hace varios años que ha muerto. Quizás el precio de acompañar en vida a los que nunca existieron, sea contagiarse un poco de irrealidad.

Más de una vez no lo vi. Había ido a Encrucijada para completar mi relato –un reportaje– sobre los villaclareños asaltantes al Moncada. La guía del museo Casa Natal de Abel me comentó la existencia de un negro viejo y olvidado que se complacía en contar historias de Abelito y Haidée. Le pedí su dirección, y ella, en lugar de dármela, me fue indicando oralmente cuántas cuadras debía bajar hacia la derecha una vez que saliera del museo, antes de doblar a la izquierda y continuar por tantas cuadras hasta doblar de nuevo a la izquierda, y así. Me describió la fachada humildísima, un jardín abandonado y las fauces abiertas de un tigre en la verja. Este detalle, el del tigre, me pareció trastocado y oscuro. Eran más comunes las horribles efigies de leones sobre las cornisas, como los más fieros dogos del mal gusto.[2]

Cuando conocí a Ramón Gutiérrez ya no podía moverse. Se pasaba el santo día tendido sobre su lecho, con la vista extraviada al otro lado de la ventana, hacia el yermo cerrado que se extendía ante sus ojos. Tuve la impresión de encontrarme con un Recabarren e ébano. Lo cuidaba una sobrina suya, más vieja que yo, pétrea, y como la misma piedra, muda. Parecía uno de esos soldados etíopes responsables de cuidar un objeto inmundo e inhumano. Sé que a Ramón no le faltaba nada. Tuve cuidado de preguntar antes de marcharme del pueblo. En Encrucijada cualquier desmán cometido por uno de sus habitantes trasciende pronto el ámbito doméstico. La sobrina podía odiarlo, tal vez porque Ramón, inmóvil sobre su cama y continuamente perdido en la infertilidad de aquel yermo, como si todo lo inexistente fuera convocado allí por su mirada, le producía pavor. De cualquier manera, aquella mujer se comportó conmigo de un modo rudo. Ni siquiera me invitó a una simple taza de café. Ahora pienso que tal vez no tenían ni siquiera para ellos.

Ramón supo desde el principio cuáles eran mis pensamientos, y se dejó llevar por la referencia. Después me dijo que vivir entre los inexistentes concedía aquella prebenda. Entonces estaba más dispuesto a creerle, pero al principio, cuando el negro arrugado y casi extinto dijo, con voz pausada, aquellas palabras, me pareció que estaba soñando.

–Que no le engañe Borges. A ese viejo zorro valdría más amarrarle la boca. Un sofista solo avanza por la fuerza de su boca. Amárrela y ya no podrá engañarlo a usted con argumentos falaces como los de Tres versiones de Judas. ¡Ja! Deberían enseñarle el catecismo de nuevo.– ante mi cara de asombro el viejo continuó:– Si sabía lo que estaba pensando, fue por las razones menos bizarras y más maravillosas que aquellas que llevaron a Dupin a descubrir lo que pensaba el narrador de Poe. No se asombre, no, he pasado la mitad de mi vida leyendo, así que no me son extrañas estas fabulaciones. Y no crea que le daré una explicación de estos hechos, hay hechos simplemente inexplicables, y algunas razones son demasiado irracionales…

Y persistió mirando la profundidad del yermo desolado. La luz le daba en pleno rostro, tirado allí, con una ropa demasiado blanca, contra las tablas de palma, mientras yo esperaba sentado en el taburete. De repente me pareció demasiado antiguo, antiquísimo, y supuse toda aquella escena digna de retrato. Que existiera un pincel como el que pintó la caída de Antonio Maceo, y me recogiera de espaldas, mientras la luz descendía sobre el cuerpo antiguo del negro viejo. No puedo negar, tampoco, que si Ramón Gutiérrez me hubiera dicho que lo recordaba todo, que el perro de las tres y catorce no podía ser el mismo perro levemente girado de las tres y quince, se lo hubiera aceptado. Raro fue lo contrario; que no mostrara sus facultades memoriosas me resultó frustrante…

–Usted es –me dijo– demasiado fantasioso.– y como para anclarme a tierra dijo–: Usted viene aquí por lo del 26 de julio, por Abelito y Haidée, ¿no es cierto? –asentí– Hace rato que la gente no viene a preguntarme por los Santamaría. Ya no sé si es porque los han olvidado, o porque ya no se ocupan de ellos, o porque mis historias ya no les resultan interesantes, pero nos han olvidado (…) Ahora estoy hecho una piedra sobre esta cama, soy un pedazo de piedra más muerta que viva; recuerdo a demasiada gente muerta, y esos recuerdos te tiran del cuerpo hacia la tierra como un peso invencible (…). Aunque todavía escucho. En la radio hablan de los Santamaría, en ocasiones conmemorativas. De la televisión no sé; yo no tengo televisor, ni antes ni después de la Revolución, pero siempre he escuchado la radio. Es mucho mejor (…). Ahora estoy convencido que cualquier día de estos me olvidarán, y me iré con los que me reclaman –hubo un silencio, el viejo suspiró, no se movía el aire– de todos modos, de otros, más importantes, se han olvidado… –y lentamente, amargamente, el viejo se giró hacia mí– Oiga, usted no quiere saber en verdad de los Santamaría. Los Santamaría están en los libros. Usted quiere saber de Julio Zamora Néstor, el amigo de los Santamaría, el que salió de Encrucijada con ellos, el que dirigió todo el asalto al Moncada, el verdadero jefe que Fidel sustituiría en caso de morir. Yo me conozco su historia, y se la puedo contar, si prefiere hacerme caso a mí, y no al exceso de omisiones…

III

Que mi bisabuela conociera a Manuel García y que jamás oyese hablar del delegado Martí, siempre me ha parecido una cosa increíble. Que los tres compartiesen el mismo presente, pudiera suponerse una buena razón para el conocimiento mutuo. Pero mi bisabuela no conoció a José Martí. Martí, por supuesto, tampoco la conoció a ella, pero seguro pudo imaginársela entre los cientos de campesinos paupérrimos que poblaban los campos de Cuba. Ahora, Martí sí supo de Manuel García. Cuando el bandido le propuso dineros para financiar la guerra necesaria, Martí lo rechazó, porque la República ha de venir limpia desde su raíz. Manuel García era un ladrón, un bandido, un forajido, una sarta de antivalores, y Martí lo sabía. Sin embargo, para mi bisabuela, Manuel García era buena persona. Claro, su situación era otra: eran ella y su hermana, solas en cualquiera de esos campos en que se movía el bandido, viviendo de lo que podían arañar de la tierra como dos posesas. Mi abuelo acostumbraba decir que entre tanta pobreza su madre solo era feliz cuando las tropas de Manuel García vivaqueaban en los contornos del bohío. Mi bisabuela, sin madre ni padre por razones que nunca logré comprender, y que ya he perdido, porque mi abuelo –el único capaz de desentrañarlas– ya se defiende tras la invulnerabilidad de la muerte, que es una manera de ser inconmovible a las preguntas, era respetada por la cohorte (en su sentido militar e infernal), y les preparaba comidas con los víveres que traían. Con Manuel García mi bisabuela no pasaba hambre. Satisfacer el hambre, la precariedad, la desnudez, son las primeras formas de la bondad que percibe un pobre. Lo demás es secundario frente a los sentidos embotados en provecho del instinto animal. Tal vez Martí le hubiera parecido a mi bisabuela un abogadillo verboso, hecha como estaba a la ética de García, y a sus socorros periódicos. En fin: nadie puede recuperar ya lo que fuera mi bisabuela. Uno solo puede imaginársela ignorante del secreto de su presente: ella no podría relacionar la muerte de Manuel García, el 24 de febrero de 1895, a manos de práctico, con el levantamiento armado ¿del que tuvo noticias?, ordenado por el delegado Martí. Sin duda, el presente se muestra como un espacio demasiado limitado. Y no existe más tiempo que él, porque lo porvenir no existe, y el pasado es algo diferente de lo que fue. Las cosas cambian cuando se convierten en pasado. La historia las cambia. Para mi bisabuela nunca existió un hombre llamado José Martí, ese hombre nunca fue a presidio, nunca vivió en España, nunca fue a los Estados Unidos a organizar la emigración. Si alguien hubiera intentado explicárselo, la existencia del tal Martí, ella la habría convertido, en su imaginación famélica (al Apóstol, al delegado Martí), en el asesino de García. Ella ha limitado al mundo y al tiempo a unas cuantas millas en torno, y a una sensación correosa de hastío. Tal sacrificio ha provocado que el mundo le dé las espaldas. Una vez muerta, mi bisabuela ha entrado en el olvido. Martí, sin embargo, persiste. Yo, cada vez que pienso en Martí, salvo a mi bisabuela de la total aniquilación, y vuelvo a asaltar el Moncada.[3]

IV

el milagro secreto…

Hay otra historia, sin embargo. Pertenece a los inexistentes, entre los cuales Julio Zamora Néstor ocupa un lugar trascendental. La historia puede llegar a suprimir a los hombres. En todo caso, la historia es un mecanismo sordo que escoge a sus hombres.

(En la escuela media querían enseñarnos una dialéctica marxista maniquea, y el profesor iba escribiendo con su tiza en un enorme pizarrón verde los pares categoriales: forma-contenido; esencia-apariencia; necesidad-casualidad. Aquí se detenía: en 1952, con el golpe de estado batistiano se dieron las condiciones históricas para que apareciera una nueva conciencia de lucha entre la juventud. Dicha conciencia fue la que desembocó en el Moncada. Luego, era necesaria la lucha, fue casual que entre todos los jóvenes del momento Fidel resultara el que tenía más condiciones para dirigirla. ¡Casualidad! En realidad fue Julio Zamora Néstor.)

La única prueba de que este joven existió alguna vez me la entregó Ramón Gutiérrez, cuando concluimos aquel diálogo en que había adivinado qué estaba pensando. Ramón quizás fue el último hombre que mantuvo un coloquio constante con los inexistentes. Hoy todo está perdido, nos hemos entregados inermes a la desmemoria; de eso creía Ramón que estaba hecho el Apocalipsis. La prueba en cuestión consistía en un amasijo de papeles frágiles y amarillos. Eran los apuntes de Julio. He caído sobre tal documentación con puntualidad, con escepticismo y con devoción. Hoy puedo decir que todas las pruebas están allí.

El jefe supremo de todas las células del movimiento fue Julio Zamora. Algunos creyeron que era Abel, y a otros más enterados se les había confiado la identidad de Fidel Castro. Pero solo los Santamaría, y Castro, conocían a Julio Zamora. Se lo habían presentado a Fidel en la conmemoración del aniversario luctuoso de Eduardo Chibás, en el Cementerio Colón. En aquel mismo encuentro de la Juventud Ortodoxa, Julio Zamora también convino integrar la redacción del periódico Son los mismos, y fue uno de los que acordó cambiarle el nombre. Sabemos, por algunas pistas que se han hallado desperdigadas entre sus documentos, una entrada en su libreta de notas, una lacónica misiva dirigida a Julio Zamora por Abel Santamaría, con el texto: «Ya se han puesto de acuerdo» –lo prueba su letra–, algunos papeles que mezclan como un huracán la caligrafía apretada del héroe, notas de Abel, correcciones y propuestas de mano de Fidel Castro, notas de notas de Julio, que la idea de organizar a la generación del Centenario salió del hijo oscuro de Encrucijada. Julio, debemos aceptarlo, solo focalizó y concentró una actitud y una moralidad que era común a todos los jóvenes comprometidos de la época.

Julio Zamora pensó el nombre de la organización, diseñó su estructura, pensó el ataque, organizó la estrategia, sugirió los requisitos de confiabilidad. Pero nunca dio la cara. Ni su nombre, ni su rostro, ni su voz, se manejaron jamás fuera del estrecho círculo, casi místico, de aquellas tres personas. Desconocemos hoy las razones de esta decisión, solo sus consecuencias.

En vísperas del asalto, sabemos, Julio fingió ser un inocente muchacho más, amedrentado, de los últimos que aceptó el batallón. Tuvo su momento de flaqueza vergonzante. Cayó en momentáneo deshonor. Actuó propiamente, de tal modo que estos miedos no parecieran demasiado significativos para ser recordados, y recobró la entereza perdida. Después pasó a las sombras, a ese nivel de nimiedad en que era invisible entre tantos hombres preparados, a punto de recibir el armamento, aunque a la vez asustados del paso que darían. Asustados de estar asustados, también, frente a la magnitud de la historia que los estaría evaluado. Julio Zamora olió la presencia de la historia y se hizo más pequeño aun. Se escurrió por los márgenes de la Granjita. Evitó a los hombres en los corredores, evitó sus pláticas. Pero ni siquiera allí dejó de llegarle aquella mezcla bizarra de expectación inquieta entre sus compañeros, junto a una extraña fruición por la aventura. La historia tiene sus estrategias tentadoras. Esta mezcla rara casi lo hace desistir de sus proyectos de ser olvidado. Pero pudo más su responsabilidad ante sí mismo.

Así, antes de montarse en los Chevrolets  que los llevarían al cuartel, Julio Zamora Néstor, como el resto de sus compañeros, oyó la explicación de la estrategia de ataque que Fidel les fue exponiendo. Entre los otros, que todo lo desconocían, concentró su atención como si la oyera por primera vez, aunque chequeaba que cada dato fuera entregado según lo convenido. Y de esta forma montó Julio Zamora uno de aquellos automóviles americanos, como un espíritu protector que viene a inmolarse, con esa ligera sensación de conocer el pasado, el presente y el futuro de la acción, y no formar parte de ella, y ser ignoto y oculto e imprevisto. Las luces desfilaron por la avenida. El carnaval producía la fascinación de la ciudad. Todo estaba preparado. Julio Zamora Néstor se sintió deliciosamente externo, como una deidad antigua tras haberse fatigado en la creación del mundo.

En las primeras horas de la mañana, antes de que el minutero traspasara el tercer cuarto de cualquier hora, un esbirro le destrozó el cráneo de un solo balazo.

 

Post scriptum: Si Alb Al-Rhaman ibn Jaldun no hubiese sacrificado su destino de filósofo por el de historiador, tal vez hubiese comprendido el mecanismo secreto de la historia. Pero dicho mecanismo estaba fuera de su alcance. Solo en las manos de Ramón Gutiérrez estaba el descifrarlo, y Ramón Gutiérrez era un viejo negro y acabado que tendido en su cama, como Recabarren, no llegaba a ser Funes, el memorioso, sino una deidad infernal agitando el vórtice tormentoso de la desmemoria (léase la historia).

La verdad aquí referida ha encontrado múltiples detractores. Por supuesto, hay quienes confían en su veracidad, y suponen que de cierto existió la conspiración para arrebatarle su lugar a Julio. Los que así proceden también desconfían de Silvestre de Balboa y su pedestre Espejo de Paciencia, como dudan de Homero, de ciertos poetas griegos de la Antología, de Alejandro Magno y de la campaña romana en las Galias. Su valor, su constancia o testarudez los mantiene inconmovibles ante tantos negadores.

Se ha esgrimido repetidamente la inconsistencia e irracionalidad de su comportamiento. Por qué un hombre evitaría ad libitum la gloria de dirigir y organizar un asalto de esta magnitud. Este es el argumento de algunos historiadores. Sin embargo, que sea incomprensible y oscura esta fabulosa decisión, los ha hecho recordar otro destino misterioso: el de José Martí. Claro, la muerte de Martí. Es sabido que el ímpetu combativo que llevó al héroe a desobedecer las órdenes expresas de Máximo Gómez, permanece aún hoy como uno de los arcanos de la historia cubana. Hay quienes sospechosamente afirman la extraña similitud entre el destino del muchacho y el destino de Martí, sobre la base del suicidio político de Martí –admiten como premisa esta tesis– y un cierto idealismo romanticista de Julio. Esta interpretación ha desembocado en numerosas explicaciones.

Entre las muchas sobresale la que niega la existencia total de Julio, de Ramón, de la entrada dudosa, de la casa cuya verja reproducía las fauces de un tigre, del encargo y aun del periódico, e infieren de la fábula un intento malévolo del periodista, quien pretendió crear un apócrifo cuyos propósitos desconocidos hacían suponer una malintencionada desviación ideológica. Esta hipótesis se sustenta en un descubrimiento asombroso: Julio Zamora Néstor es el anagrama de José Martí Pérez.

Por último están los que suponen la existencia comprobable de Julio en un pasado que no fue, en una de las múltiples variaciones de los acontecimientos que se acumulan en otras dimensiones, y ensayan eternamente, irrepetiblemente, los mismos hechos. Esta idea tiene cierto sabor de science-fiction, y permite imaginar cómo en una de las múltiples revoluciones de estos universos paralelos, el apócrifo se acercó al nuestro, y penetró levemente el velamen de la realidad. Hubo un testigo que contempló esta invasión y trató de retenerla, pero las revoluciones son más fuertes que los hombres, y estos no consiguen retenerlas. Así que los universos paralelos terminaron separándose de nuevo. La cuestión de Ramón Gutiérrez queda irresoluta. El cabo suelto sugiere una solución que se aleja de los códigos familiares y masivos de la science-fiction hacia los terrenos pantanosos de la metafísica… De cualquier modo, esta tesis tiene pocos tributarios. En Cuba hay muy pocos metafísicos.


[1] Sin embargo, la historia de las ideas muchas veces resulta paradójica. Que sea el Estagirita y no Platón el que defienda la doctrina de la superioridad de la creación artística sobre el discurso histórico (Aristóteles; Poet. 1451b: 5-10) me parece uno de los abortos más grandes de la razón. Acaso esa doctrina idealista y platónica, donde los géneros (eidos) permanecen suprasensibles, eternos, aunque inteligibles, no resulta mucho más apropiada para admitir en su seno la superioridad del arte. Que sea el Estagirita y no Platón anuncia el error de cualquier racionalidad y cualquier metafísica. Alguien ha dejado allí la evidencia del artificio y la planeación de todo lo que nos rodea. Sin duda una prueba del error  en el propio seno de la historia como devenir (Nota del Editor).

[2] Todas estas alusiones iconográficas son tan oscuras como las esferas en el escudo de los Medici. Del tigre, sin embargo, pueden mencionarse varios significados. Recuérdese el poema El oro de los tigres, de Jorge Luis Borges. Mas, en este caso, nos es dable suponer que el autor alude a otro tigre más arduo, el que encabeza el ruinoso templo de fuego en que el soñado soñó a otro soñado y a la vez descubrió su condición soñada, en la ficción borgiana (Nota del Editor).

[3] Para esta edición se ha pedido la colaboración del destacado investigador Alirio Gutiérrez (el apellido es una mera coincidencia), quien, sin duda, ha elaborado una de las exégesis más enjundiosas sobre El burro de San Blas (Pero siempre hay alguien más). Su incursión fue valiosísima para determinar la pertinencia o no del acápite que comentamos, y que viene a interrumpir la diégesis del cuento con una digresión ¿lamentable? Alirio Gutiérrez ha señalado que el fragmento no pertenece al relato, aunque fue encontrado entre los manuscritos del mismo. No obstante, decidimos incluirlo ya que toda edición crítica que se respete, eriza el texto de notas al pie, fragmentos escriturales de la etapa genética, tachaduras y otras minucias sin importancia, que nos ayuden a desconcentrar al lector. Gracias (Nota del Editor).

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