La fábula de Caín y Abel

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2 Reyes, 1; 26

Así aparece ahora el asesinato del hermano como asesinato fundante y fundamento continuo de la propia civilización humana, es decir, de toda civilización humana y solamente de alguna.

Hinkelammert; El sujeto y la ley, p. 448

Fue fatal que en las edades del incesto Adán y Eva tuviesen hijos varones. Sobre ambos padres pendía ya el signo trágico de una soledad amarga y nómada –la condición humana–, arrojados del jardín  (uno al que los musulmanes pretenden retornar, algún día al final de los tiempos), tras una ardua selección. Entonces, solos y vagantes, decidieron llevar a cabo aquel mandato, por demás prístino, de reproducíos y multiplicaos. «De cualquier modo, se comparte mejor la soledad entre muchos, ingenuamente pensaron, otros deben llenar el espacio que nosotros no llenamos.» Así, les nacieron hijos varones y fueron felices, porque a izquierda y derecha, hacia cada rincón de la rosa náutica, se extendía la tierra vastísima, ruda, inculta, solo para ellos. Y aunque Dios, cuyo nombre secreto pronunciaban sin miedo, los había desheredado, se empeñaron en ver en las dos criaturas la bendición del Padre que no deja sin recursos a su prole. Ambos niños, al crecer, los ayudarían a domeñar la testarudez del suelo. Sus labores justificarían aquellos terribles dolores de parto pronosticados y sufridos por Eva. Por años los cuidaron con devoción, hasta que la edad los hizo fuertes y vigorosos para contribuir con la manutención del hogar primigenio.

A Caín, más desarrollado físicamente, lo cargaron con labores agrícolas, mientras el tierno Abel, a la sombra de los álamos, tocaba la siringa o el caramillo, o leía a Bernardin de Saint-Pierre, mientras apacentaba a las ovejas. Por tanto, Caín creció rudo e inculto como la tierra que día a día lo forzaban a exprimir, en tanto Abel se hacía bello como el narciso, fresco como el jacinto del prado. Hasta las bestias se trastornaban ante la presencia de Abel: los padres habían constatado el raro comportamiento de un águila que intentó robarles al tierno hijo. Sin embargo, a pesar de estos augurios ignotos, cada noche, alrededor de un fuego recién descubierto, en la cueva donde dormían, alrededor de un pivote cónico de diorita, sus padres glorificaban la sabiduría que les había entregado hijos varones antes que hijas, para la prosperidad del hogar y su engrandecimiento.

Pero un mediodía particularmente caluroso, Caín bajó hasta una pequeña laguna entre arboledas, formada por un afluente del Gihon, cubierto de polvo y lodo. Iba meditabundo y denso como alud, cargado de humores incomprensibles. Cuando llegó a la laguna vio que Abel ya estaba allí, desnudo, y lleno de ira porque el hermano se le había adelantado, quiso marcharse. Abel lo descubrió, y feliz porque su hermano estaba allí para disfrutar también de aquellas aguas templadas en medio de una canícula crudelísima, lo llamó. Caín quiso resistirse, pretextar cualquier inconveniente, pero la alegría de Abel por tenerlo cerca lo confundió, y sus propios deseos de refrescarse terminaron disponiéndolo. Así, para cerrarse un destino fatal abierto cuando Dios dijera “De este árbol no comerás”, Caín se desprendió de su vulgar túnica cavernícola, y descendió desnudo a la laguna.

Habrá que subrayar que Caín envidiaba a su hermano. Lo odiaba, además, por razones demasiado conocidas: mientras su espalda se partía bajo el sol, el otro solo se tendía sobre las hierbas en la pradera, bajo algún árbol hojoso, haciendo sonar aquel endiablado caramillo. Apacentar ovejas no exige el desgaste físico de su oficio, pensaba. Solo un año menor que Abel, Caín se había envejecido como Adán. Aquellas faenas lo cansaban, dejándolo exhausto al anochecer, con fuerzas apenas suficientes para probar bocado. Caín también veía cómo sus padres le reservaban al hermano menor un cariño cálido, y a él, solo una consideración algo reseca, como si no fuera un hijo, más bien otro hermano. Pero si la vida bucólica de Abel lo ofendía, mucho más lograba imitarlo su desbordada alegría, su risa, la claridad mujeril de su semblante, aún imberbe. Después de un largo espionaje –porque Caín, a veces, suspendió su jornada y fue a espiar a Abel desde los hierbazales– sorprendía en el hermano rasgos que le recordaban a la madre, en un cuerpo masculino. Los músculos de Abel eran distintos a sus músculos surcados por venas. El pelo de Abel tenía el mismo color de la cabellera materna; sus ojos eran los de Eva. Una noche soñó que Abel era ella. Despertó llorando, y desde entonces lo odió más, esta vez por razones torcidas. Sin embargo, espiar al hermano se volvió imprescindible. Necesitaba verlo a diario, desde lo oculto, verlo moverse, andar, maniobrar las ovejas, tocar el endiablado caramillo o la siringa (que ahora le producía un placer inefable), o leer aquellos libros hurtados, cuya lectura le provocaba un mareo incomprensible. Pero escondido. Jamás se sintió cómodo frente al hermano, y para tales ocasiones reservó un rostro hosco y enfurruñado. Lo odiaba porque Abel le hacía sentirse de ese modo. Lo obligaba a preguntarse si su piel sería áspera y rugosa como la suya, o tersa y sedosa como la de su madre. Así bajo Caín a la laguna, desnudo, meditabundo y denso como alud, cargado de humores incomprensibles.

Por su parte, Abel se sentía culpable. Tal era la culpa, que muchas veces quiso dejarlo todo para irse a labrar el campo con el hermano, pero debía proteger las ovejas de los lobos. Entonces convertía su pena en melodía, y exprimía las posibilidades del instrumento como Caín la feracidad de sus tierras. Quería acercarse a su hermano, pero la sequedad de aquel lo alejaba, y en las noches, mientras Caín le daba la espalda a la familia para desplomarse en el sueño, Abel lo observaba queriendo absorber cada gramo de cansancio de Caín en su cuerpo. Otras, quiso abrazarle y decirle: «por ti, hermano, soy capaz de hacerlo todo». Mas nunca lo hizo. Guardaba la esperanza de aliviar algún día aquellas penas, y aquel mediodía, cuando descubrió a Caín todo sucio y extenuado huyendo de su presencia como sus padres huyeron alguna vez de la presencia de Dios en el Jardín –según les habían contado– lo llamó vehemente, y lo hizo descender, desnudo, en la laguna. Y entre risas fue hasta Caín, y comenzó a despojarlo de aquel lodo incrustado en él, con sus propias manos. Caín lo miraba oscuro, y él era feliz porque sabía que sin comprenderlo su hermano también lo era.

Y en el agua jugaron como niños, aunque ya no lo eran, a la vista horrorizada de aquel Dios que no temían nombrar, y con una terrible y negra avidez de íncubo, Caín poseyó a Abel, y por fin supo la textura de la piel de su espalda. El círculo de aquella fatalidad horrible en las edades del incesto se había cerrado. Cada noche Caín se acercaba más al lecho de Abel, y le prometía regalos. Abel era feliz porque veía en el rostro del hermano la felicidad, y él mismo disfrutaba entrañablemente el gozo de Caín. Adán y Eva nada sospechaban –aunque de haberlo sabido quizás nada habrían opinado, cuando todavía Dios no había dictado: no matarás ni te entregarás a sodomía. Ambos padres solo estaban felices porque ahora la paz en forma de cordialidad entre los hermanos, extendía sus alas sobre la casa cueva, en nombre de la prosperidad del hogar y su engrandecimiento. Mas se extrañaban de aquella amistad, no fuera a ser que se convirtiera en vergüenza de ambos, y vergüenza de la madre que les había dado a luz…

Pero Dios cuidaba de su preferido, Caín: cuidaba de aquella su alma. Habría que penetrar secretamente en el pensamiento de Dios, en el logos universal. Ver cómo Dios había prohibido la posesión de la fruta para que Adán y Eva conocieran su condición asquerosa y a su vez engendraran a Caín y  Abel, para que Caín matara a Abel. Porque lo que no sabían ninguno de los dos era que antes que Dios dijera Hágase la luz, Caín mataba a Abel, para completar el sentido de la infracción de Eva, que no había sido en la mente de Dios, ni anterior ni posterior al asesinato, ni únicamente de la mujer, sino de ambos. Una tarde Caín llegó pálido a la casa, con las manos tintas de sangre. Los padres se asombraron.

-Lo maté –les dijo– porque siempre creyó ser superior a mí, y por su belleza halló ante ustedes mayor agrado. Lo maté porque la envidia me roía el hígado como una mangosta.

Adán y Eva, aterrorizados por la crueldad del hijo, lo desterraron. Y cuando Dios le preguntó a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano?, Caín notó en la pregunta del Señor un cinismo que no conviene a Dios, pero que Dios usa a menudo –así, cuando Adán y Eva comieron del árbol y se escondieron de la presencia del Todopoderoso, este les preguntó: ¿Dónde estás tú?, como si de veras lo desconociera–: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y Caín supuso la ira del Señor, y creyó que todos los hombres serían recipientes de esa ira e instrumentos de su castigo. «Sucederá que cualquiera que me hallare, me matará». Pero Dios oyó su pensamiento. Dios dijo a Caín: «Ciertamente cualquiera que mate a Caín, siete veces será castigado», y lanzó la sonora amenaza a los siete vientos en la vastedad de una tierra despoblada, porque de cierto que esta se llenaría pronto. Caín no comprendió la naturaleza de aquel don. Nunca sabría que Dios, que cuidaba su alma, lo indujo esa tarde a poseer a Abel de frente, contrario a sus costumbre, y en medio del éxtasis, lo indujo a estrangularlo. El joven, entonces, lo miró triste, aunque siempre había tenido la certeza de que su hermano, algún día, lo habría de matar. Después Caín –tocado por el daimon– descuartizó el cadáver y lo esparció sobre la tierra como si las partes fueran semillas de trigo. Ninguna mujer reuniría los fragmentos dispersos de aquel cuerpo; las mujeres estaban reservadas para Caín, fundador de ciudades, padre de todos los linajes humanos, como Cadmo en Tebas, leería; de los pedazos de Abel surgiendo los no nacidos.

Finalmente llegó Set, hijo de Adán y Eva, hermano del asesino y el asesinado, para asumir sobre sus hombros la titánica tarea de dar prosperidad a la casa y engrandecimiento. Caín habitó las tierras de Nod, al oriente del Jardín, y un día vio aparecer por el oeste una mujer sombría de singular belleza, cuyo nombre se ha perdido en la crónica de los tiempos. Caín la desposó, y ella le dio hijos. Algo en los ojos oscuros de esta mujer, como los de Abel antes de morir, trajo el recuerdo de la primera víctima. Caín supo ignorarlo. Pero era su crimen y los ojos del hermano en aquella mujer los que reafirmaron la protección del Señor. Y si en virtud del crimen siete veces sería castigado cualquiera que dañase a Caín, en virtud de aquella semilla llevada en la sangre, setenta veces siete lo sería cualquiera que dañase a Lamec, hijo de Matusael, hijo de Mahujael, hijo de Irad, hijo de Enoc, hijo de Caín, asesino de Abel, fundador de ciudades, padre de los que habitan en las tiendas y crían ganados, padre de los que tocan arpa y flauta, padre de todos los artífices del bronce y el hierro, y así sus ascendientes setecientas veces siete, siete mil veces siete, sobre la sangre de Abel, por los siglos de los siglos.

Madrugada del 12 de agosto del 2011; diciembre 18 y 19 del 2011; tarde noche del 21 de julio del 2013

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