Noticias de la Feria

En mi parco trabajo reporteril durante la Feria Internacional del libro en Villa Clara, me di el gusto de regalarme estos dos trabajos. Como solo uno tuvo el privilegio de salir en la lujosa edición de nuestro Diario…, los publico aquí, en igualdad de condiciones, para que uno no se sienta más “querido” que el otro.

Vender Groenlandia en Guanabacoa

Samuel Feijóo

Samuel Feijóo

 La Revista Signos celebra el centenario del natalicio de Samuel Feijóo con un número dedicado íntegramente al autor de Juan Quinquín en Pueblo Mocho.

¿Quién no conoce a Samuel Feijóo? ¿Quién no ha oído hablar de alguna de sus anécdotas, de sus salidas y disparates, del famoso cuento del tibor? Ese Samuel, el asumido por el imaginario popular, es y no es. Debatiéndose entre el espejismo de su imagen arquetípica y una realidad creativa que parece inaprensible, el intelectual y folklorista villaclareño, nacido en San Juan de las Yeras, Ranchuelo, en 1914, y muerto en 1992, se quiere elusivo, polifacético, y hasta oscuro, a sus cien años.

Al menos eso quedó claro durante la presentación del número 67 de la Revista Signos, en el lugar más apropiado, la Sala René Batista Moreno, que recuerda a quien fuera uno de sus más entrañables amigos. Dedicado al centenario del más sensible de los zarapicos, la publicación homenajea a su creador, y primer director, con una antología de textos personales. Ahora, lo que no quedó claro, lo que no pudieron explicar con precisión los responsables del número (Manuel Martínez Casanova y Edelmis Anoceto), fue el cómo de su labor.

Al decir de ambos, Feijóo es demasiado vasto, inmenso, su papelería incluye las cosas más diversas, las indagaciones más multiformes, el empeño continuado más responsable, y a la vez limpio de cualquier vanidad intelectual, sobre la cultura popular cubana. Trabajo de buceo y excavación fue lo que ambos emprendieron en eso que Ricardo Riverón, en la presentación del número, calificó de “reto de los editores”. Y si el cómo no quedó claro, porque era “recontradifícil” establecer un criterio de selección justo, por el exceso de los materiales, por lo polifacético de la obra de Samuel, el por qué, el para qué, estuvo siempre, más que claro, clarísimo.

Hay mucha admiración y regusto en el trabajo que ambos, con la colaboración de Adamelia Feijóo, emprendieron. Por supuesto, tanto Anoceto como Martínez Casanova, son asiduos de la obra de Samuel, sobre la que han sedimentado ya un conocimiento profundo. Por eso supieron establecer como propósito unitario la delineación de su poética total, ante la quasi imposibilidad de publicar una obra completa. Feijóo, aún hoy, permanece subestimado por la crítica académica, a pesar de los elogios de Cintio Vitier, que también fue su amigo, y los acercamientos de Virgilio López Lemus.

Ante esta realidad/soledad, ¿quién no conoce a Samuel Feijóo? Pero, más importante aun, ¿quién lo conoce bien; quién puede decir que Feijóo es esto, es esto y aquello? Le preguntábamos a Manuel Martínez Casanova sobre ese Feijóo ignoto, y Manuel Martínez Casanova, con esa enjundia locuaz que lo caracteriza, enumeraba la variedad de sus preocupaciones, su calidad como poeta, su capacidad de trabajo, que lo llevó a dirigir la revista Islas, la editorial de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, la dirección de Investigaciones Folklóricas de la misma institución, a escribir solo, o casi solo, la revista Signos, hecha a su imagen y semejanza, a fungir como traductor, a escribir novelas como Tumbaga, hoy una rareza editorial, a realizar profundas investigaciones antropológicas, a poseer una inteligencia preclara y una imaginación como pocas, a pasar de no haber pasado del quinto grado para erguirse, a pesar de todo también, en ese “surrealista tropical”, según lo titulara Alejo Carpentier.

Si Samuel Feijóo permanece en esa isla imaginaria donde es el loco de salvajes agudezas, este número de Signos pretende reanimarlo como lo que es: un hombre profundamente sensible, de una brillantez a toda prueba, todavía una ocasión de enriquecimiento para la cultura cubana. Feijóo, eso también estuvo claro, aún no ha agotado todas sus posibilidades. Como si estuviera vivo, otra vez Signos se repleta de sus textos. La revista caminará por los estanquillos y las librerías. Se tendrá, necesariamente, que agotar, porque la gente se la bebe. Y uno, su lector, podrá creer que Feijóo todavía está vivo, gracias a Edelmis Anoceto y Manuel Martínez Casanova, mientras disfruta de estos retazos de su obra, porque aspirar a la completez, en esta ocasión, como afirmó Ricardo Riverón, sería como vender a Groenlandia en Guanabacoa.

Uno de los dibujos de Feijóo con los que ilustraba Signos.

Uno de los dibujos de Feijóo con los que ilustraba Signos.

***

Durante más de una hora y media, Arnaldo Tamayo Méndez estuvo contándonos las anécdotas de su viaje extraterrestre. Los cubanos que lo oíamos estuvimos muy interesados con todo lo que dijo porque, ¿qué cubano no quiere  viajar, y más si es al cosmos? Julián del Casal, es sabido, sentía una extraña fascinación por la nieve; tocar la nieve es una experiencia que inevitablemente involucra el viaje. Así que Julián del Casal deseaba ir a París, para enseguida querer regresar. Los cubanos simples y de a pie, que no hemos podido sentir la añoranza de Cuba, escuchamos las palabras de Tamayo y nos imaginamos un viaje al espacio exterior, o a la Luna… Un amigo me dice que de un viaje de esos quisiera regresar inmediatamente…

El cubano que más lejos estuvo de la Tierra

Sello conmemorativo con la imagen de Arnaldo Tamayo Méndez

Sello conmemorativo con la imagen de Arnaldo Tamayo Méndez

Antes que Arnaldo Tamayo Méndez fuera al cosmos, el cubano que más se había despegado de la Tierra no era otro que Matías Pérez, y en realidad Matías Pérez había realizado un vuelo azaroso que lo llevó a desaparecer y a colarse en el imaginario de todos los cubanos. Después de él ningún otro se separó tanto de la Tierra, hasta que en 1980, aquel joven oriental, devenido villaclareño, se enfrentó a un arduo proceso selectivo y de preparación, y terminó navegando en una nave soviética alrededor del planeta. Hoy el relato aventurero de la hazaña llega en forma de libro, a cargo de la Editorial Verde Olivo, bajo el título de Un cubano en el cosmos.

Tamayo Méndez está lleno de anécdotas, de datos curiosos, de información sugestiva al respecto de las condiciones del espacio ingrávido que se extiende, vasto, fuera de la Tierra. Con su particular cadencia mantuvo interesado a un público de jóvenes cadetes del MININT, que rieron con cada broma, se impresionaron ante la profusión de detalles y compraron el volumen que, según su autor, ha copado las expectativas de recepción que tuvo cuando escribía el tomo, donde cuenta detalle a detalle su itinerario extraterrestre.

Cuando le preguntaban por qué escribir un libro, el cosmonauta relató el profundo interés que siempre manifestaron tanto Raúl Castro como Juan Almeida Bosque. Pero Arnaldo fue moroso, se ocupó disciplinadamente de sus responsabilidades posteriores, y evitó la tarea de narrar, hasta que ahora, motivado por cierto bichito, emprendió la encomienda, y tanto le ha gustado, que ya proyecta la escritura de un nuevo texto, esta vez dedicado a los niños.

Un cubano en el cosmos promete ser un libro interesante. Su autor, el hombre que más lejos ha estado de Cuba, al menos en el eje vertical, afirma que los momentos de mayor emoción los sintió cuando, sobre el paisaje terrícola, nuestra Isla apareció de occidente a oriente, una mañana llena de luz y sin nubes, y cuando la volvió a ver, esta vez de noche, totalmente iluminada, dijo, “porque entonces no habían apagones”. Tamayo Méndez construye así no solo la memoria de un viaje cósmico, sino también el recuerdo de una Cuba abrazada candorosamente por la URSS, que nos hizo posible el sueño de poner a orbitar un cubano junto a las estrellas.

En la nave Soyuz-38, Tamayo y Yuris Romanenkov.

En la nave Soyuz-38, Tamayo y Yuris Romanenkov.

 

 

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