La subversión es el nuevo Satanás

La semana pasada, precisamente el lunes, los militantes de la UJC de la carrera de Periodismo de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), tuvimos un encuentro misterioso con algunos representantes del PCC de la provincia. El misterio, por supuesto, lo agregaron ellos. Se debía discutir cierto documento ignoto que trataba sobre las responsabilidades de los “jóvenes comunistas” frente al panorama de inmoralidades y manejos ilegales que recorren la Cuba de hoy. ¿Qué debíamos hacer nosotros? ¿Cómo comportarnos ante los casos concretos de desvíos de recursos, robos, “malas palabras”, faltas al respeto, descortesías, indecencias… etc.? El debate, algo acalorado por la incomprensión mutua entre el Partido, representado ante nosotros por su sinécdoque, T., y la juventud (con minúsculas), bogó hacia un tema muy interesante para dejarlo de la mano, interesante y actual, además: la subversión.

Yo pensaba, hasta hace unos días, que la subversión intentaba subvertir, cosa que en nuestro corto ámbito de significación adquiere un menoscabado sentido unívoco: tumbar la Revolución y detener este proceso histórico. Pero a nuestro Partido, iluso de mí que llegué a suponerlo, no le falta profundidad filosófica y sociológica, y mucho menos sutileza lingüística. Por lo tanto, eso de «menoscabado sentido unívoco» queda para los años sesenta, que fue cuando se equivocaron, no ahora. La subversión, en realidad, va mucho más allá —me explicaron. Quieren tumbar la Revolución los contrarrevolucionarios, esa horda bien identificada. Los subversivos, no obstante, son otros, trabajan en la oscuridad como topos ciegos y se aprovechan de la ignorancia de los inocentes proletarios cubanos que roban en sus centros laborales (no todos lo hacen, por supuesto), para sobrevivir. La subversión es el gran problema. Los contrarrevolucionarios se desacreditan solos, o, al menos, eso creía yo.

La semana pasada se derrumbaron muchas de mis certezas. La primera se relaciona con mi competencia lingüística. Después de ser corregido por mi desacertada noción de lo subversivo, no pude más que preguntarles, bueno, ¿qué cosa es la subversión?, y T., la sinécdoque del Partido, afirmó categóricamente: “La subversión está aquí”. ¡Vade retro!, pensé. Yo y mis compañeros somos subversivos; ¿o solo unos pocos?, ¿o el resto menos yo?, ¿o yo solo?, ¿o yo y algún otro? ¡Por Dios!, pensé aterrorizado, ¿yo seré subversivo? ¿Qué es eso tan inefable que llamamos subversión?

Dice B., uno de los ideólogos de la UJC en la UCLV, que se trata de estructuras mentales (modelos situacionales, estructuras de razonamiento, supongo) que parten de una plataforma ideológica puramente burguesa. El aserto lo anoté mentalmente, así que me disculpo si no logro captar y comunicar la densidad teórico-conceptual-metodológico-práctica de la categoría. De la definición de B. saqué en claro una sola cosa (en realidad no una cosa, sino una conclusión), bastante obvia por otro lado, ya que está contenida en los clásicos del marxismo: el hombre piensa como vive. A mi generación, y a dos o tres antes de la mía, no le queda otra que ser subversivos (esto es: pensar desde ciertas plataformas de dudosa procedencia respecto al Partido único). El resto es falsa conciencia, o sea, ideología.

En el mundo deseado, cada uno de nosotros, los subversivos, debería levantarse de su puerco pantano de individualismo y diversionismo ideológico hacia la meta áurea del hombre nuevo, me dijeron. Ser el hombre nuevo a la manera guevariana debería convertirse en nuestro telos, en nuestra finalidad aristotélica.  Sin embargo, algo se me tuerce y enreda cada vez que esa actitud (que me huele algunas veces a idealismo) se mezcla en un proyecto materialista. Lo primero, ¿hacerlo en nombre de qué? ¿De la Revolución? ¿Qué cosa es la Revolución?

Para los nacidos conmigo (1991, con los pelos de punta) la Revolución es historia, en ambos sentidos. Decimos de una cosa que es historia cuando ya no es. Decimos de una cosa que es historia, también, cuando deja de ser actuante y forma parte de los libros, esto es de los textos, esto es del discurso, esto es del terreno de la cultura, donde abundan las incertidumbres. Con la caída del Campo Socialista, la Revolución Cubana cayó en la historia, lo que significa que se hizo discurso (y no porque antes no lo fuera, también, sino que ahora era solo eso), y los discursos tienen mil una caras. Cierta nueva historiografía contempla dentro de la Revolución Cubana, procesos tan bochornosos como la UMAP, la parametración, la zafra de los Diez Millones, el cordón de La Habana, nuestro apoyo a la URSS durante la ocupación de Praga, “nuestra” amistad con Haile Selasse, etc. Para el cubano más simple, logros de la Revolución como la educación y la salud gratuitas se contagian hoy con las nociones de precariedad y regalías. Creer en la Revolución es de las cosas más arduas que puedan exigirse.

Entonces, ¿ver la historia de la Revolución con sus luces y sombras responde a un modelo subversivo? ¿Son tan sinceros los valores de la Revolución? ¿Hay realmente solidaridad cuando la labor de nuestros médicos ingresa millones de dólares, permitiendo el aumento de los salarios del sector dentro del país? ¿Hay realmente una cobertura médica estable dentro de Cuba? ¿En detrimento de quién alquilamos médicos a Brasil? ¿Todo el dinero recaudado va directamente al pueblo, o a las FAR, ese sector tan lleno de gratuidades? ¿Por qué las FAR controlan tantos recursos en este país? ¿Eso significa que estamos militarizados?

Si enviar médicos a cualquier rincón subdesarrollado salva vidas, mientras nos facilita aquí dentro la subsistencia, y es una opción lúcida, entonces debemos aceptarla. No se trata de ganar dinero o salvar vidas, en realidad. Se trata de la hipocresía. ¿Por qué pretender ser solidarios cuando en realidad el principal objetivo es sobrevivir económicamente? ¿Querer sobrevivir no es un argumento lo suficientemente honrado? Cuando los norteamericanos declaran la lucha contra el terrorismo como excusa para intervenir ilegítimamente en cualquier país, hacen algo parecido al gobierno cubano cuando se declara solidario en la medida que brinda servicios de salud o educación. Solo se comercializan valores y principios diferentes. Ante fines tan opuestos (los de Cuba y Estados Unidos), escandaliza el uso de métodos tan similares. ¿Si las armas que confiscaron antes de llegar a Corea del Norte eran para reparar, por qué Cuba hubo de esconderlas?

El lunes pasado, antes de ser aleccionado sobre la subversión, me atreví a sugerir que nuestra contrarrevolución fuera desacreditada públicamente en televisión, con sus dirigentes en cámaras, tal como sucedió en Venezuela. Pero se me dijo que tales maniobras extremadamente democráticas no eran permitidas en Cuba. Nosotros no debemos ser democráticos, me dijeron, porque en un debate público el gobierno revolucionario lleva las de perder. A mí me horroriza que Yoannis Sánchez tenga razón. Pero me horroriza aun más que los miembros del Partido y la UJC de mi provincia así lo crean. ¿O es que acaso el gobierno revolucionario no tiene la razón? ¿O es que acaso debajo de la hipocresía, los viejos hábitos y la hiperbólica oratoria fidelista («el país más culto dentro de diez años»), la Revolución no tiene razón, y como diría Hegel, el estado se perderá en cuanto su racionalidad desaparezca?

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