La soledad del corredor de fondo

soledad

Esta semana mi amigo Alejandro Castro regresó de Argentina. Durante cuatro meses estudió en una universidad extranjera y vivió a orillas del Paraná. Es un río literario el Paraná. Para mí solo existe en Horacio Quiroga, o en las páginas de Don Segundo Sombra, o en aquella colonia anarquista que fundara Macedonio Fernández. Pero mi amigo pudo escapar a la mera experiencia literaria, y por eso lo envidiamos un poco, por la posibilidad de superar las palabras y llegar a la experiencia indecible… Y pudo añorar a Cuba, además, no sé si a lo Casal. Yo también quisiera añorar a este país de la manera que él lo hizo…

Fue un reencuentro feliz. Todos los amigos fuimos a recibirlo, salimos con él a tomarnos un café, en ausencia del mate, que jamás he probado. Él estaba tan contento por nosotros y nosotros por él, que fue inevitable poner en consideración cuánto habíamos evolucionado, progresado, en estos cuatro meses de ausencia.

Carlos y Maykel continúan construyendo una relación excepcional en su pequeño palacio de la Villa de París, en Sagua la Grande. Ellos crecen hacía dentro, se hacen más grande, y desde su unidad luchan sus propias contiendas en pos de una justicia a la zaga, y lo hacen bien, porque tienen tenacidad y talento. Ellos llegan a la poesía. Y aunque a veces Ate ponga sus pies sobre sus cabezas, y surjan los conatos de desavenencias, su amor es triunfante, porque es el mismo placer del amor el amar y el sufrir por causa de un mismo amor. Debe ser placentera esa sensación, esa certeza del otro.

Alejandro y Yanier se esperaron, fueron fieles a sí mismos. Cuando llegó, Alejandro poseyó a Yanier y se dejó poseer y confirmó que su unión con Yanier no era meramente física, sino que iba mucho más allá. De hecho, Alejandro pudo decirme que sentía como si los cuatro meses no hubieran sucedido. Yo creo que lo mejor es que ciertamente los cuatro meses sucedieron, y que ahora ambos son mucho más grandes, mucho más preparados para el reto de una relación. Yanier se acera para ser un tremendo arquitecto, mientras Alejandro se llena cada días más para honrar al filólogo que será. Ambos deben sentirse muy cerca, deben sentir esa placentera certeza de la cercanía del otro.

Daisnel y Frank, por su parte, se asientan. Ambos saben cómo ser y hacer una pareja, por lo que no les falta la destreza para asumir la relación, ni el lubricante necesario para mantenerla funcionando. Antes ellos se impone un reto (Frank se ha ganado una beca en Rusia, durante un año), pero es seguro que ambos sabrán mantenerse fieles, ya que incluso han triunfado en la prueba de la convivencia. Daisnel seguirá siendo el mismo fuego consumidor, la misma energía tremenda, tendrá el mismo arresto, la misma alegría, la misma grandeza humana, sin que nada le sea ajeno. Esa certeza del otro, que debe ser tan placentera, avivará lo que ya tiene de sobra.

Yo estoy más gordo. Algunos interpretan ese síntoma como cosa de salud, mientras el resto lo ve como lo contrario. Pero vivo orgulloso de mis amigos. Son las únicas personas con las que puedo hablar sin que me aburra. También sus parejas han entrado en ese lugar íntimo, aunque a Frank no lo conozca. Y precisamente porque puedo hablar con ellos sin aburrirme, puedo estar con ellos en silencio, sin que me pese mucho la roca del mutismo, que es tan incómoda en tantas ocasiones. Alejandro puede guardar todos mis secretos, escucharme sin juicios sesgados, estar para mí cada vez que lo necesite. Carlos me eleva con su sensibilidad, me hala las orejas cada vez que es apropiado, me aconseja con justicia. Con Daisnel puedo llorar, en nadie más confío.

Mis amigos me han enseñado cosas invaluables. Gracias a ellos y a la permanencia de sus parejas creo en el misterio. O por lo menos el misterio se me hace carne y realidad (el misterio de la certeza del otro), ya que de lo contrario me sería inaccesible ese conocimiento. Y agradezco ese saber pues de otra manera sería más sesgado de lo que soy, más vulnerable. Con ellos aprendí una verdad que era tan obvia, tan evidente, que se me ocultaba: el amor no duele, lo que duele es no ser amado, ni deseado, ni necesitado, ni querido. Ellos me dan fuerza para enunciar estas palabras. Ellos me sostienen. Por eso les agradezco.

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