Los prejuicios permanecen

Vestidas de blanco, las iniciadas a los cultos sincréticos cubanos.

Como yo, estas muchachas se pasean por las calles de Cuba, un país que, a pesar del mito del sincretismo, es también multicultural.

Caminé hasta la fila de estudiantes y profesores con la cabeza en alto, orgulloso e insolente, convencido en ese instante de mi total derecho a caminar por las calles y por los pasillos de mi universidad, con total desenfado, dueño de mí, libre, limpio como un rayo de luz, como un pétalo de lirio. Sin embargo, sus miradas eran especialmente incisivas. Algunos me observaron con un descaro benigno. Supuse que como yo habían estado cerca del misterio, o que al menos conocían de oídas aquello que yo representaba. Pero para el resto yo era una mancha blanquísima contra el amanecer, una violación, un atavismo, algo de lo cual hay que mantenerse alejado.

Pedí el último. Una señora se volteó hacia mí, me miró de arriba abajo, y concluyó que era ella como si se declara culpable de un acto bochornoso, compartir el espacio conmigo, tal vez, o simplemente hablarme. Yo solo le agradecí. Ante el susto que provoca mi condición en algunos he decidido redoblar mi cortesía, ser ceremonioso como un monje, hablar bajo, mirar a la gente directamente a la cara. Pronto alguien se sumó a la espera. Me preguntó entonces si efectivamente era el último y le respondí de modo afirmativo a un señor que mantuvo la distancia que nos separaba, casi un metro, a pesar de que la fila se iba apretando. Sonreí malicioso.

Solo cuando la loca comenzó a gritarme hubo algo así como un movimiento general de simpatía hacia mi persona. Ella vociferaba improperios, me llamó falso profeta, dijo que allí yo solo daba un testimonio indigno de Dios y de los santos. La gente suele escoger entre los fanatismos aquel que les parezca más ajustado a las reglas de su sentido común. Por lo tanto, entre el fanatismo que significaba para ellos mi condición y el fanatismo insano de la demente, optaron por apoyarme, sabe Dios por que lógica tan rara o tan ambigua. A la loca la redujo un hijo suyo que salió de la fila como una emanación y la arrastró esquina abajo. Yo solo sonreí malicioso. Por ahora la sonrisa es mi única divisa.

Entré a la universidad con la cabeza en alto, tan orgulloso e insolente como lo he sido toda mi vida, y caminé hasta el corredor trasero de mi facultad, donde una voz, algo molesta, dijo “ahí va otro”. Durante el curso pasado tres personas como yo caminaron por estos mismo pasillos, estudiaron, trabajaron, se integraron a la rutina universitaria, fueron parte de la gran familia. Sin embargo, eran los otros, los diferentes, los vestidos de blanco, los atrasados, los creyentes en cuestiones atávicas, los enajenados, los santeros, los brujeros. Ser parte de ese mínimo no me avergüenza. Traté de encontrar a quien había dicho aquello, pero el tipo se me había escondido. Tal vez, supongo, él también era un otro a su manera, todos tenemos algo que nos vuelve diferentes.

Por los mismos pasillos alguien le preguntó a otra persona si ese mismo era yo. Lo dijo alto, clarísimo, como un trino. Yo debía escucharlo.

Después, otro día, en viaje hacia la universidad, en un autobús repleto de estudiantes universitarios (más cultos, dicen, más sensibles a las diferencias), nadie fue capaz de pedirme el bolso que llevaba atestado (de libros, como los bolsos de ellos mismos), aun cuando las dos personas que llevaba en frente le hicieron el favor a todos los que estaban en torno. Yo solo sonreí malicioso.

Puede que yo sea un paranoico.

En la biblioteca de la Universidad, donde hay muchos cristianos protestantes, contemplé la mirada de asco de una de las bibliotecarias que salió de la habitación después que yo había entrado. En realidad, no me importó mucho, ella no debía atenderme; incluso, si le hubiera tocado ya habría tenido que oírme. A fin de cuentas, no fue el mismo Che quien dijo que la Universidad debía teñirse de colores. ¿Y si se tiñe de colores, por qué no teñirse también de otras formas de sentir la vida, otras formas de decidir por lo que nos hace felices, de otras formas de cultura que no sean las del paquete?

Yo no soy paranoico, ni acomplejado. Tiendo a reírme con malicia de todas las miradas acusadoras, pero hay días que me siento como una de esas musulmanas que vagan por la Universidad cubiertas de ropones estampados, un espectro, una sombra que algunos prefieren no mirar.

 

 

 

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